Da igual lo que diga la crítica “especializada”; desde las primeras presentaciones de Michael (2026) el público ha reaccionado masivamente en positivo, a esta rescritura de la vida de uno de los ídolos más grandes de la cultura popular contemporánea.
El largometraje, dirigido por Antoine Fuqua y escrito por John Logan, contempla desde los inicios de los Jackson 5, a mediados de los años 60 con su estrella vocal infantil, hasta el tour final de la banda en los 80. Así cerró la colaboración de Michael con el grupo familiar, cuando ya había lanzado su carrera en solitario, y comenzaba a convertirse en un fenómeno cultural sin precedentes.
El prodigio de Indiana es interpretado por su sobrino Jaafar Jackson y, de niño, por Juliano Krue Valdi, ambos en su debut cinematográfico. Junto a Colman Domingo (como Joe Jackson), brillan en sus respectivos roles y son el pilar del conflicto que guía la trama: el abuso físico y psicológico que Joe infligió a sus hijos, especialmente a Michael, para obtener de ellos la excelencia profesional y el máximo éxito comercial.
Jaafar no ha sido el único
El primero en interpretar a Michael Jackson adulto en pantalla fue Wylie Draper, en aquella miniserie titulada The Jacksons: An American Dream (1992) y basada en My Family, The Jacksons, una autobiografía escrita en 1990 por Katherine Jackson en colaboración con Richard Wiseman. Draper fue el encargado de representar a Michael desde su adolescencia hasta su apogeo mundial a mediados de los años 80. Lo más impresionante fue su notable habilidad para replicar el estilo de baile del «Rey del Pop». Se dice que causó tal impresión que Michael Jackson lo habría contratado como bailarín para su cortometraje musical Remember the Time. Por desgracia, Draper falleció de leucemia poco después, con solo 24 años.
Algunos elementos y pasajes de aquella miniserie se retoman en el estreno de 2026, dado que en ambas producciones están implicados miembros de la familia Jackson, en particular Jermaine. Por lo demás, se distancian en muchos aspectos técnicos y performáticos. Por ejemplo, tanto el resultado de la puesta en escena como el casting dirigido por Fuqua son muy superiores. Asimismo, ahora resulta mucho más depurada e intencional la construcción psicológica de Joe, que Colman Domingo convirtió en un ser tan aterrador y cínico como fascinante.
Más allá del injustificable maltrato físico, creo que lo que destruyó la relación del astro con su padre fue el desamor: Joe nunca le demostró afecto, nunca lo abrazó, nunca le permitió decirle padre, y esos detalles quedan muy claros en el filme, que sugiere, además, cómo esa relación traumática marcó su vida entera. No sólo perpetuó la vulnerabilidad emocional del hijo frente al comentario de la figura paterna, sino que apuntaló su dismorfia corporal centrada en lo facial y le indujo una preocupación estética obsesiva por su apariencia. Junto a ello, y dado el rechazo que su padre sentía por él, latía una necesidad de afecto nunca satisfecha y parcialmente encauzada a través de sus numerosas y a veces insólitas mascotas.
Who’s Bad?
En principio las acusaciones de abuso sexual infantil en 1993 contra el autor de Billie Jean, fueron incluidas en el rodaje. De hecho, se afirma que la película comenzaba por atender este evento y seguía un discurrir retrospectivo. No obstante, hubo que desestimar su inclusión por cláusulas legales en las que el acusador, no podía ser mencionado en ningún filme sobre el artista. Es casi seguro que, con esta mutilación, se sacrificó también lo concerniente a Diana Ross, colega, amiga, mentora e inspiración romántica de Michael Jackson durante toda su vida. Hubo que reeditar esa parte, reajustar la narración y filmar otras escenas para salvar la coherencia de la obra, aunque se debilitó su autenticidad biográfica.
La ausencia de aquella página oscura en la biopic de la estrella, ha defraudado el morbo de quienes tienen dudas (o certezas) acerca de la propensión afectiva del creador de Beat It, hacia niños con los que interactuaba y a los que invitaba a Neverland. Al parecer, los detractores saben más que el FBI y que las autoridades locales de California, quienes varias veces pusieron patas arriba el rancho sin encontrar nada que pudiera derivar en cargos federales contra Michael. La prensa amarillista quería blood on the dance floor. Una ventilación pública y bastante extemporánea sobre si era o no culpable. Y que todo lo demás —la música, el talento, la dimensión cultural, la revolución audiovisual que produjo— quedara subordinado a esa interrogante tan espuria como infinita. En realidad, Michael Jackson fue vilipendiado muchas veces por la prensa y la opinión pública, y eso tampoco sale en pantalla.

Just a Little Bit of You
Tampoco aparece su mansión Neverland, ni su interacción con figuras como Paul MacCarney, Fredy Mercury, Eddie Van Halen, Britney Spears y Stevie Wonder; ni su participación crucial en la creación de We are the world, con Lionel Richie; ni su estrecha amistad con Liz Taylor o Brooke Shields. Tampoco sale su tensa interacción con miembros de su familia como el propio Jermaine Jackson, padre de Jaafar Jackson. Ni el espectáculo mediático constante al que fue sometido desde niño. Ni la explotación televisiva que convirtió su infancia en un producto de entretenimiento. Nada de aquellos programas donde actúa junto a Cher, Aretha Franklin y la propia Ross, o donde muestra sus extraordinarias habilidades como tap dancer. Ni su participación en cintas como el The Wiz (1978). La producción condensa más de dos décadas de carrera en casi tres horas de duración, pero lo hace privilegiando el ascenso musical antes que la exploración minuciosa del personaje.
Al margen de sus imperfecciones, irregularidades y falencias, Michael ha sido concebida para los fans del “moonwalker”. Aquellos que conocen bien sus veleidades, errores y traumas y no necesitan verlos expuestos en pantalla. Quienes amamos a esta celebridad afroamericana, fuimos al cine a corroborar en buena onda lo que ya sabemos, a revivir emociones y recuerdos, a cantar con la exaltación de quien no vivió su época o no pudo acudir a sus conciertos. Y si fuera posible, a poner pausa a la basura de mundo que observamos with the man in the mirror.
Hollywood al rescate
Por lo pronto, Michael es un producto de Hollywood; bien hecho, con un destinatario muy claro: los fans del legendario músico. Pero más allá de acercamientos o tentativas teóricas, Michael, como el ídolo que representa, es un fenómeno cultural polisémico.
La vida del astro estadounidense ofrece suficiente potencial para escribir una ficción rica en especulaciones y en recreaciones de momentos que, quizás escapen a los testimonios de personas cercanas a él y cuyo punto de vista ya es harto conocido. Una perspectiva tal vez enfocada en el cuerpo deteriorado por el consumo de fármacos y el dolor crónico, la adicción al perfeccionismo, la disociación identitaria y el espectáculo como autodestrucción. Pero también tengo claro que sería una tarea posible solo para cineastas de la talla de Jim Jarmusch o David Lynch.
Mozart, la estrella pop de los Habsburgo
1983 fue el año en que Michael Jackson se consolidó como la mayor superestrella del pop mundial, sobre todo gracias a la explosión del álbum Thriller. En ese mismo año Milos Forman rueda su obra maestra Amadeus. La cinta recrea un periodo de la vida del genial músico austriaco a partir de los presuntos recuerdos de su contemporáneo Salieri. El director construye un relato basado en determinados sucesos reales y recrea la atmósfera de la ciudad de Viena, en cuyo marco escenográfico se desarrolla una fábula, cuyo tema esencial son los celos profesionales, la envidia y el eterno conflicto entre talento y mediocridad.
Su protagonista es el villano, y su antagonista es Dios que ha tomado forma terrenal en un chico travieso, mundano, vicioso y dotado de un genio artístico insuperable. Se trata de una fantasía de inspiración histórica contada por una banda sonora, que integra piezas originales de Mozart, no solo de fondo, sino que acompaña y justifica la genialidad del personaje “biografiado”. El realizador quiso transformar datos reales en una ficción donde drama, música y humor describen el sufrimiento existencial de un devoto cristiano frente a las irreverencias morales de un elegido de Dios.
Tanto Michael como Mozart fueron explotados por sus progenitores durante la niñez. Y ambos tuvieron que soportar, aun en su juventud, la manipulación emocional, y el juicio moral de quienes veían en ellos solo máquinas de hacer dinero.

El blindaje narrativo del ídolo
Michael podría haber sido una pieza como Amadeus, que pretendiera desmontar el mito en lugar de restaurarlo; que expusiera una visión más compleja y contradictoria del músico y condujera a la contemplación más ambigua, sugerente o transversal, de los episodios más sórdidos del personaje. Se podría haber autorizado voces antagónicas o cualquier otro rol actancial, que usurpara el privilegio de controlar la narrativa con intención cuestionadora: Joe Jackson, un periodista, un guardaespaldas o incluso un rival artístico, como Prince.
Sin embargo, es bien improbable que algún director se plantee elaborar, a partir de la figura jacksoniana, una pieza de cine per se, capaz de trascender el valor mismo del mito que representa. Para eso tendría que renunciar a complacer al gran público. Lo cual sería como traicionar la esencia de lo que él mismo fue: «Rey del Pop», un género musical que se caracteriza por ser accesible, atractivo y pensado para conectar multitudes.
Herencia cultural compartida
Nadie hace un filme como Michael para contar cosas que la mayoría de su público potencial ya sabe, esperando que se premie su originalidad. Eso no tiene ningún sentido; pero ha dado pie a que cierta crítica lo tilde de edulcorante y superficial. Más bien, su mérito consiste en permitir que la audiencia recobre la emoción de ver en pantalla a su héroe. En esa medida, Michael opera como la consabida “magdalena de Proust”. Reactiva y da continuidad a un archivo musical inclausurable para una mayoría multigeneracional, que continúan escuchando sus canciones, reproduciendo sus coreografías y reconociendo su voz al instante.
La audiencia llega al cine cargando décadas de videoclips, entrevistas, conciertos, tabloides, escándalos y canciones. La película, que no necesita explicar una figura ya instalada en el imaginario colectivo, se dedica a reorganizar una memoria compartida. Por eso el verdadero triunfo descansa en la re-presentación. En la capacidad de re-producir gestos, movimientos, coreografías, tonos de voz, anécdotas y momentos musicales con un nivel de imitación casi hipnótico. Jaafar Jackson no se limita a una mera interpretación de Michael: su tarea consiste en devolverlo en cuerpo y alma a la pantalla.
Omnisciencia y control del mito
Michael ofrece un relato lineal, cronológico, obligado por su modelo narrativo a renunciar, inclusive, al papel de la intriga de predestinación preconizada por R. Barthes. Su patrón ideotemático es bien simple: reposicionar el mito a través de su iconografía esencialista, mientras la psicología íntima del personaje queda en mero boceto. La película se vende como equivalente a la transparencia de vida que representa.
Visto así, la omnisciencia parecía el mejor modo de canalizar las expectativas de un destinatario ansioso por participar con un estatus “privilegiado”. Se narra desde un espacio extradiegético no negociable. Jamás entran otras voces u otros narradores a variar el punto de vista instaurado por el acto mismo de enunciar y controlar el relato en su totalidad. En consecuencia, el eje de esa enunciación diegetizada, esgrime un conflicto articulado en la polaridad protagonista-antagonista. En tanto que fotografía y edición se definen bajo un concepto en alianza con la bondadosa simplicidad de la trama.
Michael se ha construido con un alto nivel de ilusión referencial, en el cual el deseo de ficción se apoya en un fuerte willing suspension of disbelief que, paradoxalmente, funciona gracias a la abundancia de datos que el espectador potencial posee sobre el sujeto de leyenda y su corpografía mediática. De ahí la importancia y la inspiración en otros metarrelatos, que completan el universo o mundo posible de una supuesta historia verdadera del héroe; por ejemplo, la escenificación paso a paso del estreno de Billie Jean, evento ocurrido en marzo de 1983 en el Pasadena Civic Auditorium en California, y transmitido luego en televisión.
La memorabilia del gesto imitado
Dicho de otro modo, la carta de triunfo de una película como Michael descansa en la re-presentación de los materiales ya conocidos, a partir de una imitación casi perfecta. Sin dudas, la imitación es el rasgo más conectado a la imaginería alrededor de Michael Jackson. Miles de imitadores y admiradores reconocen al virtuoso que empezó imitando un paso, un movimiento, un gesto de James Brown, de Fred Astair, Gene Kelly y Bob Fosse, de Chaplin, de los malandros del barrio, de la cultura afroamericana y de todo lo grande y bueno que le antecedió en la música, y terminó creando un estilo único que todos dignifican… imitándolo. ¿Acaso no imitaba Michael un sentimiento aun no vivido o confundido con el profundo dolor de no ser amado por su propio padre, cuando se desgarraba el alma cantando Maria (You Were The Only One), Who’s Loving You o Ben?
Genio artístico precoz moldeado por el sacrificio, el abuso y la disciplina extrema, probablemente Michael Jackson sea el artista más vituperado de la historia. «And who gave you the right to take intrusion, to see me?» diría en Ghosts, una de sus tantas joyas videográficas. Justo por haber estado casi siempre expuesto al lente público, fue su vida más transparente que un vaso de cristal pulido. Un alma sensible y humilde como la suya estaría feliz viendo a su público gozar en los cines con este homenaje millonario a su legado, y eso para mí es suficiente.
Imágenes: captura de pantalla del tráiler oficial de la película. Fuente: https://youtu.be/mbtgEE6rkxw
