Hamnet: llorar o contar ovejas

Cuando veo el esfuerzo desesperado de un director de cine para hacerme llorar, me da risa y lástima al mismo tiempo. Como decía un colega hace años: yo me emociono sola. Tú haz lo tuyo. Déjame los lagrimales en paz. Cuando el cine explota el dolor sin compasión ni recato, se expone al ridículo. Una historia conmueve no por lo intenso de la realidad o la fantasía que cuenta, sino por la autenticidad expresiva con que narra. Llorar es propio del receptor que ha llegado al colmo de la empatía y ya no puede sujetar la emoción. Pero, si ve el truco, la emoción se corta, no fluye y, lo peor, la empatía se desvanece.

Con varias nominaciones al Óscar, Hamnet es un drama histórico de 2025 dirigido por Chloé Zhao y coescrito junto a la autora de la novela homónima (2020), Maggie O’Farrell. Dicen que la novela es mejor que la cinta; pero, sabiendo que O’Farrell metió las manos en las dos, una vez visto el resultado en pantalla no me animo a leer el original.

No lo sé, Rick, parece falso

Para poner las cosas en contexto: Chloé Zhao es la directora de Nomadland, un drama sobre la decadencia humana que, en 2021, ganó varios premios importantes: Oscar a la Mejor Película; Globo de Oro y Oscar a la Mejor Dirección; y Oscar a la Mejor Actriz para Frances McDormand. Digo esto para que se entienda toda la “mitología” que ahora mismo rodea la figura de Chloé Zhao y su película Hamnet, detrás de cuya producción está, además, Steven Spielberg —o San Spielberg, la mayor estafa de Hollywood—, quizá soplándole a Chloé dónde tiene que poner el énfasis dramático para garantizar la lágrima. Una lágrima que opaque el ojo y humedezca el entendimiento. A Zhao, que nació en Beijing y proviene de una cultura con otras formas de procesar lo sentimental, se le va la mano en la fórmula y aterriza en lacrime senza fine.

Hamnet está protagonizada por Paul Mescal y Jessie Buckley en los papeles respectivos de William Shakespeare y su esposa Agnes. La película crea una ficción en torno a este matrimonio compuesto por una joven herbolaria, experta en cetrería, y un hombre que trabaja como preceptor de latín para pagar las deudas de su familia. A raíz de una situación trágica que viven, la pareja parece estar en punto de fractura. Pero la desgracia, que es asumida de manera muy diferente por Agnes y Will, termina por inspirar la famosa tragedia Hamlet, cuyo título equivale al de su hijo varón, Hamnet, y viene a condonar el duelo que les aflige.

De este modo, la película no es una biografía de Shakespeare ni una recreación de ninguna de sus obras teatrales. Hamnet plantea la armonía conyugal rota por una tragedia irreparable. Es, o al menos intenta ser, una representación de la forma en que el arte puede resarcir y ayudar a cauterizar heridas. En eso estamos de acuerdo. Ya no tanto en la inestimable dirección de Zhao, ni en la actuación impactante y excepcional de Jessie Buckley, ni en la natural interpretación de los niños; pero sí en los ríos de lágrima y moco que ha producido entre sus espectadores.

Lo que mal empieza no siempre acaba mal

No hay nada en esta película que no esté medido con pie de rey. La música no respira, melodrama clásico donde los hay, sino que remonta nota a nota, impertinentemente sutil en su tarea de arrastrarnos hacia la agonía sentimental. Como el uso de los niños —en particular Hamnet, con su carita angelical de ojos perfectamente azules y llorosos—; los gritos aterradores y la cara descompuesta de Agnes, que en lugar de estar pariendo parece que se parte en dos. Gritos espantosos de parturientas es lo que sobra en el cine de todas las latitudes.

Como dice la Biblia, con dolor parirás a tus hijos, y ese dolor —dice la película— se multiplicará para siempre en tu corazón si algún día tus hijos sufren una desgracia. Todo está calculado para que el espectador sienta en carne propia las contracciones del útero de Agnes y, en el pecho, el dolor que la oprimirá durante su duelo. Todo apunta con impecable precisión al desenlace extraordinario: un final bastante convincente, pese a todo, que refresca lo que pudiéramos llamar los dos primeros actos. La doble performance final, donde se funden Hamlet y Hamnet en The Globe, era, por demás, el único final posible y plausible.

La parte conmovedora del filme se apoya en el duelo, en la desesperanza y la depresión que sacude a la familia y en especial a Agnes. Sin embargo, mientras uno observa, puede sentir que, en realidad, todo lo anterior parece haber sido tan solo un prólogo para que el desenlace asuma la prestancia que se le dio. Soy paciente y aprecio las cintas que se toman su tiempo en plantear su premisa, siempre y cuando haya una justificación estética; sin embargo, la película me dejó de interesar tras los primeros quince minutos. Debí hacer acopio de paciencia y logré terminarla dos días después, llamándome a la disciplina y al rigor de la crítica.

Orfeo, Rembrandt y El árbol de la vida

Hamnet aparenta ser sutil, sofisticada, culta y contemporánea. Pero la manipulación sentimental que pretende ejercer sobre el público adquiere niveles tóxicos. Su coqueteo hormonal llega al estupro. Su culteranismo no supera la cita de Orfeo y Eurídice, y su contemporaneidad es puramente iconográfica. Y aquí sí es obligada una mención aparte.

La excelencia visual de Hamnet proviene de una composición fotográfica autoplagiada por el polaco Lukasz Zal de su inconmensurable trabajo para The Zone of Interest. Zal propuso excelentes planos cenitales, de esos que simulan la mirada de Dios, y planos medios frontales que se inmiscuyen en la escena para aproximarnos a la intimidad del diálogo. El resultado es comparable al estilo visual de The Tree of Life (2011), de Terrence Malick, por su mezcla de poesía visual, naturalismo luminoso y espiritualidad cósmica. Es una fotografía que intenta parecer emoción y experiencia íntima antes que realidad palpable. Para las escenas más lúgubres, Zal se apoyó en un concepto pictórico cercano a lo que suele llamarse iluminación Rembrandt, aludiendo a la penumbra y a cierto tenebrismo en el balance de luces y sombras. De hecho, se remarca la apariencia de la luz natural y escenas interiores iluminadas con velas, buscando el realismo de la Inglaterra isabelina.

Es cierto que Hamnet pone su atención en Agnes antes que en Will, pero eso no la convierte en una película feminista ni con perspectiva de género, dado que las actividades cotidianas de esta mujer son reflejadas en correspondencia más o menos con el estándar de su época. Incluso uno de los momentos que deja clara la pronunciación de los roles tradicionales —más que explícitos en la trama— es cuando el padre le hace prometer al hijo que cuidará de su madre y de sus hermanas, como varón de la familia que es. Momento bisagra por lo que ocurrirá después.

Desnudo llegas y desnudo te irás

Me siento un poco extremista por confesar lo que me llevó a romper con la natural suspensión de incredulidad propia del contrato implícito entre espectador y ficción. Puede parecer una tontería, pero entiendo que no hallé licencia poética capaz de respaldar lo que me sacó sin remedio del relato: esta mujer se va a parir en medio del bosque, de noche —o, digamos, al amanecer—. Va vestida con una bata roja. Sale dando tumbos, con el dolor de las contracciones propias del trabajo de parto. No lleva nada en las manos. Es ella y su vestido rojo. Amanece; su esposo y su hermano la encuentran acostada bajo un árbol y… señores, vayan a ver la película y díganme de dónde ella sacó las manticas para envolver al recién nacido.

En plena concordancia artística, Chloé Zhao y la propia Frances McDormand apostaron en 2020 por un filme realista sobre una viuda madura que recorre los caminos sin demasiada fe en nada. Hollywood las coronó. Seis años después, Zhao ha cambiado desdramatización por romanticismo, y la cruda mirada de su Fern en Nomadland se torna en Agnes esotérica y visceral. ¿Podrá volver a robarse unos minutos de fama con un melodrama de “prestigio” en la próxima ceremonia del Óscar?

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