La nueva película de Paul Thomas Anderson Una batalla tras otra, estrenada en 2025, nos sitúa en unos Estados Unidos que han “evolucionado” hacia un estado policial de corte abiertamente fascista. En este paisaje distópico, las fuerzas del orden se dedican a acorralar inmigrantes y a enviarlos a centros de detención, con la frialdad de quien gestiona un inventario administrativo. Para completar el cuadro, policía y ejército se han fusionado en una única fuerza autoritaria e implacable mientras, desde las sombras, un grupo de nacionalistas cristianos planifica sus potestades como quien dicta una carpeta ideológica al movimiento MAGA (Make American Great Again).
Cualquier semejanza con la realidad no es pura coincidencia, ni alegoría futurista. Anderson concibió esta película antes del regreso de Donald Trump a la Casa Blanca, lo cual dice más sobre la realidad contemporánea que sobre la capacidad profética de la ficción.
Frente al aparato estatal se alza un grupo de guerrilleros revolucionarios armados hasta los dientes y entregados a una estrategia de atentados y bank robberies de dudosa eficacia política. Anderson toma esta trama de Vineland, la novela de Thomas Pynchon publicada en 1990, que ya entonces cuestionaba la herencia contracultural durante la era Reagan.
Lo notable en Anderson es su habilidad para abordar temas graves sin caer en solemnidades ni en ejercicios de pedagogía política. Una batalla tras otra mantiene una narrativa viva, personajes típicos y un humor satírico que evita cualquier identificación moral cerrada con uno u otro bando. Anderson se burla de todo y de todos, sin que le tiemblen ni el pulso ni el plano.
Desde luego, existe una magia capaz de sostener el interés de esta película de acción en sus “imperceptibles” 161 minutos. Si bien en el fondo, ofrece mucho más que una rocambolesca trama de persecuciones, la magia reside en su elenco, que apuntala convenientemente las cuotas de adrenalina, gracias a tres personajes interpretados por auténticos pesos pesados del star system hollywoodiense.
Empecemos por Sean Penn, quien interpreta a un militar racista (el coronel Steven J. Lockjaw) por cuya complejidad psicológica dista de ser una caricatura al uso. Bajo sus veteranas arrugas se agitan perversiones ligadas al estatus social y al poder. Su objetivo es claro: integrarse en la jerarquía del supremacismo blanco, cueste lo que cueste. El diseño performativo del personaje es impecable: el corte de pelo, la forma de caminar, la gestualidad maniática, ese vaivén entre lo perverso y lo patológico que termina revelándolo como un psicópata castizo, con brazos musculosos y nervados al estilo de Popeye.

El personaje de DiCaprio, Bob, es quizá, el más rico en matices. Su arco narrativo lo lleva desde la militancia armada hasta una vida centrada en el cuidado de su hija, concomitante con su renuncia o apaciguamiento de la lógica doctrinaria. Convertido en un sujeto pasivo, emocionalmente vulnerable y consumidor habitual de marihuana, intenta conservar algo de cordura y cumplir su rol paterno, aunque su propia hija se transforma, a ratos, en su niñera. La veta humorística que atraviesa a Bob surge de la estrategia de dirección propuesta por Anderson, pero se concreta plenamente en el manejo expresivo con que DiCaprio extrae del personaje sus registros más auténticos.
Lo que le hubiera faltado a Bob, ya lo tiene Sergio St. Carlos (Benicio del Toro), un entrenador de artes marciales bonachón y tierno, que hace de contrapeso a DiCaprio en la segunda parte del filme. Como si fuera la estrella de un reality show, del Toro se desliza por diferentes decorados que parecen disolverse a su paso. Con gesto inimitable entrega su rifle a Bob, luego lo rescata y perpetúa el triunfal momento con una selfie y, finalmente, con la proverbial paciencia y resiliencia de un auténtico sensei, da unos pasitos hacia atrás y desaparece, sembrando un momento fílmico que sus fanes reconocen como antológico.

Por otro lado, la pérfida Perfidia (Teyana Taylor) resulta ser una revolucionaria cuyo estrecho repertorio ideológico se resume en consignas como “Revolutionary violence is the only way” o urgencias biológicas del tipo “Let’s fuck while the bomb goes off”. Taylor acierta al darle al personaje la medida justa: Subversión y anarquía, arrebato y libido tan frenético y aniquilante como una descarga de ametralladora, apoyada en un embarazo a término. Anderson no la presenta como una heroína, sino como síntoma de una izquierda que ha perdido el rumbo crítico en favor del arrebato y la violencia casi psicótica.
Los revolucionarios encabezados por Bob y Perfidia encarnan una forma anquilosada de idealismo pseudomarxista, políticamente insostenible; lo cual parece condenarlos a un clandestinaje perpetuo. Son ingenuos, contradictorios y, aun así, no del todo carentes de valor moral. La película parece reservar para ellos una tenue simpatía, quizá porque, en comparación con sus adversarios, resultan casi entrañables. No en balde la película que Bob está viendo en casa cuando se presenta el comando del coronel Steven J. Lockjaw, es nada más y nada menos que La batalla de Argel (Gillo Pontecorvo, 1966).
Entre ironías y discretos momentos paródicos, la cinta construye una visión inquietante: una derecha retrógrada enfrentada a una izquierda que celebra la violencia política como si fuera una performance artística. Anderson no ofrece recetas ni vende ideologías, pero su propuesta dramática sugiere que la ficción funciona como la máscara cómica que revela la rigidez estructural de los discursos políticos contemporáneos. Una derecha decadente frente a una izquierda tan cegata como fundamentalista.
Uno de los momentos más memorables ocurre cuando Bob, olvida la contraseña que le permitiría reunirse con su hija en Chupacabra Hills. Más allá de su hilaridad, la escena adquiere un peso simbólico evidente: condensa, en clave tragicómica, una crítica a la parálisis de ciertos sectores progresistas atrapados en rituales identitarios que han perdido eficacia histórica, y los mantiene atados a su propia burocracia mental. El efecto tragicómico recuerda a la célebre escena de Inglourious Basterds en la que Brad Pitt intenta acreditar su origen italiano pronunciando “Gorlomi” frente a un oficial nazi. El olvido de la contraseña por parte de Bob no es un simple gag: es la señal de que su mente ya ha rebasado las doctrinas. En contraste, la obstinación de los rebeldes por negarle apoyo apunta a la intransigencia fundamentalista de cierta izquierda extrema, aferrada a respuestas inviolables y, por ello mismo, profundamente antidialécticas. Una rigidez que la condena a repetir errores y le impide evolucionar en el controvertido escenario geopolítico de nuestros días.
Entrando en suculencias estéticas, la película se mueve con soltura entre drama, comedia, thriller, sátira y alegoría sociopolítica. El encuentro carnal entre Perfidia y el coronel Steven J. Lockjaw responde a la necesidad simbólica de gestar una postura diferente, frente a radicalismos que producen segregación, violencia y muerte. La hija de ambos, Willa Ferguson (Chase Infiniti), encarna esa opción que no es conciliadora, sino propositiva. Leal a su padre de crianza, que ha renunciado a la confrontación para criarla tan bien como puede, Willa es también la posibilidad de adherencia a un matarrelato mediado por la tolerancia, la empatía y la lucidez.
En el plano técnico-formal, Una batalla… está construida a base de un estricto balance entre primeros planos intensos y planos generales explicativos, que discurren a nivel de edición con una fluidez visual obnubilante. Anderson ofrece una puesta en escena vigorosa, sostenida por una cámara en constante movimiento y un montaje escolástico, que refuerzan la sensación de inestabilidad y caos. La imagen casi siempre renuncia al detalle tópico o a la composición visual de pretensiones pictóricas, mucho más interesada en sostener el entusiasmo de la acción. La música de Jonny Greenwood funciona casi como un dispositivo de alarma: una cuenta regresiva sonora que subraya la ansiedad permanente del protagonista.
En suma, Una batalla tras otra es una obra que utiliza la ficción para interrogar el presente global con más displicencia y sorna que lucidez, y desde un presupuesto netamente irónico. Lejos de ofrecer una toma de partido explícita, la película expone los límites de los radicalismos ideológicos y sugiere la necesidad de una posición renovada, que desplace dogmatismos y se procure más atenta a la dimensión humana de los conflictos actuales.

En lo personal celebro su capacidad de enfocarse sin tibiezas en hechos de una actualidad procaz, y en su metódica sanción de los extremos. De cualquier forma, la realidad sigue ahí afuera, con una terquedad admirable, a expensas de que, tal cual reza la clave que Bob no alcanzara a recordar: Time doesn’t exist, yet it controls us anyway.
