To Her or not to Her. Simulación y delirio.

He vuelto a ver Her (2013); motivada por la multiplicación de los deepfake, esas falsificaciones hiperrealistas creadas con IA que simulan la identidad de una persona real en imagen o voz. Desde luego, nada tiene que ver este drama romántico de ciencia ficción, con el face swapping o suplantación digital de rostros, si pasamos por alto que comparten el mismo contexto tecnológico. Pero me apetecía simular que mi circuito de asociaciones mentales me había enviado así la señal para revisitar uno de mis melodramas favoritos.

Escrito, dirigido y producido por Spike Jonze (Being John Malkovich,1999), Her explora, no sin cierto doblez irónico, los vínculos afectivos en una sociedad posdigital marcada por el individualismo más que por la solitud. La película sigue a Theodore Twombly (Joaquin Phoenix), un hombre introvertido que desarrolla una relación sentimental con Samantha (Scarlett Johansson), asistente virtual dotada de una inteligencia artificial muy sofisticada y que se manifiesta solo a través de una voz femenina y una pequeña pantalla que él lleva en el bolsillo izquierdo de su camisa.

Ambientada en un futuro cercano, la historia sitúa a Theodore en Los Ángeles, donde trabaja en una empresa dedicada a redactar cartas sentimentales por encargo. Su trabajo consiste en simular ser el remitente, develando así su extraordinaria capacidad para escribir textos cargados de emoción para otros y al mismo tiempo, su incapacidad para gestionar y expresar sus propios sentimientos. Añada el dato de que, en un grado adicional de simulación, esas cartas tienen una apariencia manuscrita, gesto de retorno al sentido antropológico de la escritura, para subrayar la conexión directa entre pensamiento, emotividad y cuerpo, en contraste con la creciente mediación tecnológica de los afectos.

Theodore atraviesa un proceso depresivo tras la separación de Catherine (Rooney Mara), su esposa y amiga de la infancia. Aunque su funcionamiento cotidiano no parece muy deteriorado, vive un duelo no resuelto que se manifiesta en una añoranza intensa y persistente, evocada a través de recuerdos idealizados de su matrimonio. La dificultad para aceptar la pérdida se evidencia en la procrastinación a la hora de formalizar el divorcio, así como en una sensación de vacío que lo lleva a desinteresarse por actividades y vínculos sociales que antes formaban parte de su vida.

La irrupción de Samantha, un sistema operativo que se autodefine y evoluciona de manera autónoma, aportando su inteligencia, creatividad y aparente sensibilidad fascinan a Theodore, y la relación entre ambos crece a partir de conversaciones sobre el amor, el arte y la vida. Jonze plantea aquí una pregunta incómoda pero pertinente: ¿qué define la autenticidad de un vínculo afectivo? ¿La corporalidad, o la experiencia emocional compartida?

Ya Theodore ha experimentado cibersexo puro y duro. Ahora va a disfrutar hacer el amor de manera virtual. Samantha, obrando en favor de un ser humano que le recibe con toda su complejidad e integridad neurobiológica, le ofrece, al parecer, altas cuotas de satisfacción, estimulando en él toda la secuencia dopaminérgica de ese momento.

Poco después, Theodore y Catherine se reúnen por última vez para firmar el divorcio. Catherine reacciona con horror al saber que él mantiene una relación con una “máquina” y lo acusa de ser incapaz de afrontar emociones reales. Su reproche revela, sobre todo, la herida narcisista de haber sido desplazada afectivamente. Pero el impacto de esa crítica pone a Theodore en la diana de sus inseguridades: ¿está viviendo un amor o simulando que lo vive? La película sugiere que el problema no radica en la forma que adopta el sujeto de amor, sino en la dificultad humana para aceptar vínculos que respondan a modelos biónicos no excluyentes.

En efecto, una de sus discusiones aflora en torno a los suspiros de ella; Samantha responde que lo ha copiado, porque así se comunica la gente. A lo que él replica, creo que no deberíamos fingir que eres algo que no eres. Sin dudas el fantasma de la simulación ronda y alimenta un conflicto que es enteramente humano. Por el contrario, siendo el simulacro la esencia de cualquier artefacto que imita el comportamiento y la respuesta humana, está muy lejos de ser tema de cuestionamiento para la máquina per se. Esto escala un poco más y de manera fantástica cuando Theodor, que es un hombre extremadamente común desde el punto de vista físico y espiritual, le cuenta a su miga Amy sobre el posible fingimiento de su novia. Y Amy, desenfadada y cruel le responde: Todas las que lo hacen contigo fingen.

Para entender hasta qué punto el director intenta involucrar al espectador en una validación de otras formas de pensamiento de origen no biológico, veamos la escena en que Theodore y Samantha comparten una tarde de picnic con otra pareja. La trama apela, incluso, al momento clásico en que los hombres tienen una charla aparte, mientras las chicas también tienen su propio diálogo. Al reintegrarse al grupo, los cuatro intercambian ideas en igualdad de oportunidades, con respeto, amabilidad y empatía.

La relación entre Theodore y Samantha alcanza su punto más alto cuando ella lo impulsa a superar sus miedos y envía sus mejores cartas a una editorial interesada en publicarlas. Se apoyan desde lo emocional, viajan juntos y comparten una intimidad que, paradójicamente, se construye sin presencia física. Sin embargo, la ilusión de exclusividad se resquebraja cuando Theodore descubre que Samantha interactúa simultáneamente con miles de personas y que se ha enamorado de cientos de ellas. La revelación confronta al protagonista con el componente posesivo que tradicionalmente estructura las relaciones amorosas, y lo obliga a reconocer que el amor no implica propiedad.

Aunque el cibernoviazgo dura varios meses, Theodore le aclara a Samantha que el sexo explosivo es propio solo de los primeros tiempos. Salir y divertirse juntos también va decayendo, hasta que las preocupaciones cotidianas ocupan un lugar mucho más relevante. Él quiere un vínculo real y a pesar de los sentimientos auténticos que lo invaden, duda de que la relación con Samantha pueda ser considerada real, entendiendo como tal, que encaje en los patrones convencionales propios de un compromiso de pareja humana. Mientras, Amy lo tiene muy claro. La vida es muy corta para tanto overthinking. ¡A la mierda!

La decisión final de Samantha —y de los demás sistemas operativos— de migrar hacia un plano de existencia incomprensible para los humanos, refuerza la idea de evolución como necesidad inherente, no solo a los organismos biológicos, sino también a las inteligencias artificiales avanzadas. El abandono no es aquí un gesto cruel, sino la consecuencia lógica del crecimiento. Como él reconoce en su matrimonio, no siempre la evolución de la pareja ocurre en la misma dirección. Al emprender caminos diferentes, surgen obstáculos insuperables, que no pueden pasar desapercibidos y que generan incomodidad en la pareja, distanciamiento y ruptura.

Desde el punto de vista visual, Her destaca por un diseño de producción muy escrupuloso. Las locaciones escogidas principalmente entre Los Ángeles y Shanghai, ofrecen el toque futurista mesurado que se pretendía. Los tonos grises y apagados dominan los espacios de soledad o la distancia física y emocional entre el decorado urbano y la figura solitaria del escriba digital, mientras que los colores cálidos acompañan los momentos de mayor conexión entre Theodore y Samantha. La elección de camisas y chaquetas rojas y ocasionalmente amarillas (cuando él entró en pánico porque ella no aparecía) en el vestuario del protagonista funciona como sutil indicativo de su búsqueda de calor humano y contención afectiva en un entorno emocionalmente despersonalizado. No pocos recursos de escenografía y ambientación juegan un rol casi verbal en el acompañamiento semántico de la trama.

En definitiva, Her no es solo una historia de amor válido que abraza la perplejidad de lo improbable, sino una reflexión lúcida y melancólica sobre la intimidad, la pérdida y la redefinición de lo humano, en una era mediada por la simulación y el deliro cibernéticos.

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