Derecho a la frivolidad

La nueva versión en inglés de la célebre película surcoreana Save the Green Planet! de Jang Joon-hwan, se llama Bugonia (2025), y la dirige el siempre colosal y polémico Yorgos Lanthimos, que vuelve a reunirse con Emma Stone en su cuarta colaboración. Recuerden que antes habían trabajado juntos en La Favorita, Pobres criaturas y Tipos de bondad.

Hora la Stone interpreta a Michelle, directora ejecutiva de una gran farmacéutica y blanco de las obsesiones de Teddy, un apicultor conspiranoico encarnado con su habitual maestría por Jesse Plemons.

Teddy vive con su primo Don, un poco fronterizo, un poco retrasado, en una casa entre confortable y caótica, aunque sencilla, en medio del campo. Ambos están convencidos de que los “andromedanos”, una supuesta raza superior de la galaxia vecina, gobiernan en secreto el planeta… y que Michelle es una de aquellos. Teddy tiene un plan: capturarla y negociar a través de ella un eventual retiro de alienígenas y la cancelación del plan de dominar la Tierra.

Aunque Bugonia no es la película más ponderable ni la más extravagante de Lanthimos, al menos sigue estando en el rango de una producción correcta, digerible, aunque menos sorprendente y original dentro del catálogo fílmico del realizador griego.

El guion, a la cuenta de Will Tracy, matiza un poco el estilo esquizoide, psicodélico y casi convulsivo del director, y lo acomoda a un tono más templado, dejando en manos de Plemons, el control de las expresiones más grotescas y perturbadoras de la trama. Para lograr ese mediano equilibrio entre lo normal y lo alucinante, el filme hace de Teddy un perfecto maníaco, aparentemente poseído por alucinaciones e ideas delirantes.  Hasta que, en un giro diabólico, Lanthimos cambia el ship de su película y la convierte en un prospecto de ciencia ficción barata.

Es una historia masculinamente lúdica, sin más ambiciones, ni mejores resultados que un equilibrismo entre E.T. y Minority Report.  Lanthimos sabe que Bugonia es un bluf, un farol de alta gama, pero farol, al fin y al cabo. Se las juega todas con actores relevantes, auténticos y peculiares, porque confía en la prestancia y presencia de sus protagonistas: Dos fieras como Emma Stone y Jesse Plemons, parecerían suficiente carburante para hacer reventar Bugonia. Sin embargo, apostar por interpretaciones seguras, termina siendo, en este caso, una pésima elección porque nos devuelve a al estado de continuidad argumental de Tipos de bondad, como si de aquel tríptico suficiente se hubiera desprendido un feto-secuela.

Y ya si es too much, Lanthimos. De vuelta al sarcasmo, pero sumergidos en la misma trituradora de obsesiones y delirios, se impone un freno mental que nos dice: ya lo sé, ya lo vi. Los sesgos de confirmación de Teddy ya no pueden arrastrarme al laberinto mental de un personaje conocido, al que se quiere exprimir genéticamente, el Daniel de Kind of Kindness. Con Emma sucede algo peor, pues ella carga sobre sus espaldas todavía pedazos del velo amniótico de su Bella Baxter, y de su Emily poseída por la devoción a un gurú. Más allá de la mediocre actuación de Stone en Bugonia, es hora de que Lanthimos la suelte. Por el bien de ambos.

Lenta pero irreversiblemente, Bugonia se convierte en un extraño mapa de interlocutores, batallando en su pulida performance de locos, aliens y victimarios. Interrogatorios donde estalla la violencia de un sociópata contra una mujer secuestrada, indefensa, que lucha por hacer entrar en razones a su captor. Teddy es sádico porque está convencido de su misión; es tonto porque lee allá lejos las señales del universo, pero es incapaz de ver la mosca sobre la taza de leche que tiene delante. Y es obsesivo porque necesita salvar a su madre, salvar al planeta y para ello, se propone participar del diálogo con la autoridad suprema. Pero Teddy no tiene verdadera estrategia para ordenar el abismo y tomar el lugar del elegido. Teddy ha visto cosas, pero no tiene una matrix verificable, ni un Morpheo que lo oriente, ni una píldora iluminadora.

Siempre hay diez buenas razones para que no te guste una película. Como hay casi infinitas formas de atrapar a un espectador según quién sea. Hasta la película más densa concibe mecanismos prácticos para atrapar a su público potencial. Para historias conocidas, argumento predecible y presentación ordinaria de la trama, hay un público bastante amplio, que necesita sentirse seguro frente a una narración que está bajo su control, porque hace parte de su experiencia consumista. Bugonia juega a ser directa y banal en su despegue, y luego va torciendo su recorrido hasta despeñarse alegremente contra un bunker interestelar, habitado por andromedanos. Es duro decirlo: Bugonia entretiene, con ese mal sabor de palomitas rancias y no con el aliento ennoblecido de un Chardonnay de Borgoña. Pero te sigo queriendo, Lanthimos, porque los espectadores tenemos derecho a solazarnos también con la frivolidad, y porque la perfección, si existiera, sería el más aburrido de los defectos.

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