Las locuras: Una nube pasajera sobre un campo de trigo

Hay películas que, sin ser un dechado de virtudes, conservan la capacidad de suscitar reflexión. Las locuras (Rodrigo García, México, 2025) es un buen ejemplo. Con un fuerte elenco femenino, el filme propone cierto protagonismo coral al desplegar su argumento en varias historias conectadas por personajes femeninos. A lo largo de seis relatos que se relevan con puntualidad cronológica, se ventilan conflictos vinculados a pérdidas y fracasos, así como al placer, los anhelos, las frustraciones y los sesgos de autocensura trasvasados del cuerpo social al cuerpo de la mujer. Todo ocurre al borde del colapso emocional y de vínculos familiares en crisis.

Rodrigo García, el director, con 66 años y amplio kilometraje cinematográfico, entrega aquí una obra que parece resuelta con más premura que esmero: amateurismo en la dirección de actores, pérdida del manual de edición, concepción errática de la banda sonora y diálogos poco elaborados o patéticos. La película presenta, además, numerosas lagunas causales y situaciones forzadas. Por lo demás, las historias se entrelazan con discreción, alterando casi nada la linealidad narrativa. El trabajo visual de Igor Jadue-Lillo -a cargo de la fotografía- es impecable, al igual que el diseño de producción de Sandra Cabriada, con una dirección de arte, vestuario y locaciones realmente virtuosa.

El tema aquí es la resiliencia femenina frente modelos o roles sociales impuestos, inoperantes o restrictivos. Restricciones y reclusiones que pueden ser de orden mental, emocional o físico y que no dependen de una voluntad masculina aleatoria, sino de un modelo de contrato social, que atraviesa la piel de hombres y mujeres dejando cicatrices en unos y otros por igual, según la perspectiva del filme.

Renata (Cassandra Ciangherotti) encarna a una mujer impulsiva, inconformista y vehemente que ensaya múltiples estrategias para romper su forzado aislamiento. Sin embargo, padece un trastorno del espectro bipolar que afecta sus relaciones humanas. Penélope (Naian González Norvind), veterinaria que administra eutanasia para mascotas, a domicilio, tiene inseguridades que sobrelleva usando a su pareja como muleta. Miranda (Ilse Salas) vive atrapada en un momento de exaltación amorosa extramatrimonial que no gestiona de la mejor manera. Soledad (Natalia Solián), joven actriz sumida en la autorrepresión, utiliza presuntas normas éticas, como escudo emocional. Y Serena (Fernanda Castillo), es una rica empresaria, caprichosa y voluble que no tiene el más mínimo interés en salir de su burbuja egolátrica. Solo Irlanda (Ángeles Cruz), la psiquiatra, tiene potencial psicológico para atravesar vendavales y hecatombes y salir ilesa. Su historia no es la más interesante, pero sí la más coherente.  

García se escuda en ciertas zonas del estilo de Arturo Ripstein, y hasta consigue un homenaje implícito a El castillo de la pureza, a través de la locación del relato principal: La casa vetusta, en una de cuyas piezas Renata permanece encerrada, evoca a la mansión semirruinosa en la que los personajes de Ripstein fueron víctimas de secuestro y tortura por voluntad de un sociópata. Inspirado en los relatos de su padre, García Márquez, el director toma prestados nombres como Renata, Homero o Amaranta, mientras que Soledad, Alba, Miranda, Facundo, Valentín resuenan como ecos de la tradición literaria del boom latinoamericano.

No tuvo suerte García con su elección de The Second Waltz (Waltz No. 2, Dmitri Shostakovich), una pieza explotada y agotada en todos los ámbitos audiovisuales. Si ya la había utilizado Kubrick de modo insuperable en Eyes Wide Shut, lo sensato habría sido no usarla nunca más, salvo en clave paródica o deconstructiva, que no es el caso. Lars von Trier también la usó en Ninfomanía, pero a ese señor se le perdona hasta hoy casi todo. Por otro lado, la canción de Joan Manuel Serrat, Qué va a ser de ti, que tal vez acompañó los años mozos de García, debió ser apenas un sugerente roce sonoro, pero se vuelve agobiante debido a su repetición, diluyendo así su eficacia expresiva. Algo de esa pereza creativa predomina también en el título de los episodios: «Crimen y castigo», «La bella durmiente», «La educación sentimental», «Viaje a la semilla», «El sonido y la furia», «La tempestad», dejando un saborcillo petulante y de escaso rigor poético.

Volviendo a Renata, núcleo visceral de la trama, no pasan desapercibidos los esfuerzos performáticos de la actriz por superar los resbalones del guion. Su personalidad retumba entre las cuatro paredes que no logran contener su espíritu. Es una profesional talentosa que trabaja en temas de riesgos financieros y pasa de toda obligación presuntamente moral. Renata es incómoda, siempre apta para sabotear la paz ajena. Sus virtudes —empatía, sensibilidad lírica, emancipación moral y capacidad profesional—pueden ser eclipsadas por su tendencia a juzgar e incomodar a quienes la rodean. En plena fase maníaca, su personaje muestra una hiperquinesia mental y física, cuya génesis pudiera estar en el miedo al abandono. Ella, que vive entre la necesidad de burlarse de todos y el impulso de juzgar a cualquiera que cruce su camino, ante la psiquiatra niega todo y asume el mando. Se describe a sí misma en control de “un episodio pasajero, una nube que pasa sobre un campo de trigo, inmensa y magnífica, preñada de truenos y lluvia, pero pacífica, amorosa.” En esos mismos términos tropológicos podría definirse Las locuras, nublada, preñada, pacífica y pasajera.

Deja un comentario