‘Adolescencia’. Todos afilamos el cuchillo que mató a Katie.

La frase “se necesita una aldea para criar a un niño”, tiene su origen en un proverbio africano y describe la necesaria presencia de muchos factores sociales (la aldea) para el desarrollo pleno de un niño. Ese es el legado moral de la serie Adolescencia, indiscutible obra de arte creada por Jack Thorne  y Stephen Graham, a partir de crónicas policiales extraídas de la prensa británica. Dirigida por Philip Barantini, se convirtió muy pronto en el suceso más descollante de Netflix en 2025.

Todo el mundo debiera sentirse interpelado por la miniserie Adolescencia, según la cual un niño de 13 años ha asesinado a puñaladas a una niña de su escuela. Sin embargo, hay personas renuentes –no me gusta, no me interesa, muy aburrida, dicen-, ante una historia que describe un caso extremo, denuncia un estado de cosas y reclama reflexión, conciencia y madurez colectiva.

Culpables involuntarios

Lo que aterra no son los adolescentes, sino los adultos. Los padres, la mayor parte del tiempo no sabemos por qué nuestros hijos tienen ciertos comportamientos. Normalmente nuestro proceder educativo proviene de la experiencia empírica, de la imitación de patrones que suponemos válidos, y de la aplicación de la técnica de prueba y error. Consciente o inconscientemente vamos aprendiendo a ser padres sobre la marcha.

¿Dónde está el manual de educación? ¿Quién dice que los padres saben cómo educar a sus hijos? ¿Cómo saber si mamá y papá están haciendo bien las cosas? ¿Quién dicta qué método es el adecuado para desarrollar seres humanos saludables y empáticos? Lo común es que cuando un menor se desvía del camino, la culpa recae de inmediato sobre sus progenitores. Esta condena suele ser tajante y rápida: «¿Dónde estaban los padres cuando esto sucedió?»

Sin embargo, la serie desafía esta visión simplista. Adolescencia pone de manifiesto cómo el mundo de la educación y la crianza está lleno de incertidumbres. Pero, sobre todo, la serie apunta hacia un problema grave de base, que va más allá del ámbito doméstico: la desconexión e incomunicación entre adultos y menores.

El ambivalente mundo de las redes sociales.

No voy a detenerme en fenómenos mencionados en la serie como la manosfera o machosfera, incels o célibes involuntarios, red pillers, la regla 80/20, comunidades misóginas e ideologías radicales antifeministas. Todo el panorama nocivo al que puede estar expuesto un adolescente en las redes sociales no va a desaparecer. Pero se puede disminuir o neutralizar su impacto en la medida que la familia, la escuela y las instituciones pertinentes incentiven en los más jóvenes la cultura del respeto, la empatía y todos los valores que contribuyen al crecimiento espiritual y sano de cualquier sociedad.

Tampoco van a desaparecer los pedófilos, los violadores, maltratadores y acosadores. Pero falta educación para minimizar los fenómenos denunciados en la serie que, en ese sentido, es un manifiesto llamando a reflexionar sobre el tema. Y ese educar que nos corresponde a los adultos comienza por la autoeducación, de la que estaban carentes, como botón de muestra, los padres de Jamie Miller, el protagonista.

Un niño solo, un cuarto y una pantalla

Los padres, aunque son los encargados de guiar a su prole, también son seres humanos con limitaciones, inseguridades y, a menudo, fallos. Eddie Miller (Stephen Graham) creía que no levantar jamás la mano contra su hijo, era suficiente para cumplir con su misión filial. ¡Hasta le había regalado una computadora! sin imaginar que fuera necesario controlar su uso. La ausencia involuntaria del control paterno, dio vía libre a las influencias externas: los amigos y la internet fueron moldeando la personalidad del adolescente y asumiendo un papel fundamental en la creación de su identidad y comportamientos.

La participación formativa del padre consistía en un modelo añejo de masculinidad: la práctica deportiva (el fútbol), no como aspecto importante de la salud física y mental, sino como estrategia de modelación varonil. Ajeno a ese estándar, Jamie no encontró otras motivaciones o espacios para el diálogo con Eddie Miller al que siempre consideró un patrón admirable. En el último capítulo se descarnan las grietas por donde se escapa el control de los hijos y su debida orientación, así como el desgaste físico y espiritual de la familia frente a las exigencias de la vida cotidiana. Ya, en el capítulo dos, se observó la inoperancia de la escuela, la impotencia de los profesores y su incapacidad para inspirar respeto y confianza.

Cada episodio está atravesado por la presencia fantasmal de las redes sociales y los medios de comunicación. La cámara de vigilancia aporta la evidencia de lo ocurrido, desde su irrebatible objetividad. A pesar de que potencialmente supone el control social porque su sola presencia puede modificar el comportamiento de las personas, ese mecanismo de disuasión no es advertido por el niño. La tecnología no sustituye al adulto responsable. Solo sirve de testigo ante el hecho consumado. Para impugnar su legitimidad, Jamie califica el video como una fake news. Niega la evidencia aprovechando la poca credibilidad de las instituciones, lo cual es una crítica adicional a una sociedad sumergida en el caos de la simulación mediática.

Testigos en tiempo real

Los realizadores encontraron la forma ideal para que el modo de enunciación acompañara el enunciado con máxima transparencia y, al propio tiempo, se convirtiera en un dispositivo de expresión y significación estética.  Mérito adicional y reto felizmente logrado, con el plano secuencia se buscaba una inmersión total del espectador en la trama; a diferencia del corte y del plano contra-plano, códigos tan normalizados que interfieren la impresión de realismo y nos regresan al terreno de la ficción pura y del entretenimiento salaz.

El plano secuencia, por el contrario, describe una acción continua donde el tiempo del relato intenta igualar al tiempo de la historia. Niega la pausa artificial y la elipsis retórica. Nada está por encima del tiempo absoluto que ocupa cada capítulo, rodado en el tiempo real, cronológico, tal como lo vive el espectador mientras ve la escena. En Adolescencia este recurso técnico-expresivo consigue explotar la sensación de verosimilitud, apoyado en el voyerismo y la escopofilia propios de la experiencia cinematográfica del receptor.

De esta suerte, los eventos se yuxtaponen salpicando pequeños gestos casi inadvertidos, que adquieren cierta potencia subliminar y terminan dejándonos la sensación de que se nos escaparon detalles. Tres ejemplos: El hijo del detective Bascombe recibe y replica bullying; le lanza un papel a una chica en el comedor, antes de irse, con el mismo ademán despectivo con el que antes, se lo lanzaron a él, sugiriendo que hay una interacción abusiva de su parte. La técnica forense, al llegar contrariada a la estación de policía, ofende al detective, le llama knob, una forma bastante vulgar de decirle idiota. A su vez el detective se burla del abogado de oficio: “No te emociones tanto, te hace ver como un imbécil”, (prick, una expresión fuerte y despectiva). En ambos casos son insultos que equivalen al come p… que usamos los cubanos. La infinita cadena de víctimas y victimarios es como una serpiente que se muerde la cola.

Cada personaje ha sido diseñado para ocupar lugares actanciales que van replicando el degaste o ausencia de valores morales y fortalecen la tesis esencial de la obra: vivimos en un mundo abocado a la desidia, la incomunicación, el egoísmo, la intolerancia, la ignorancia y la falta de empatía.  El guardia del centro juvenil acosa a la psicóloga. El trabajador social es un cero a la izquierda. El hijo del Bascombe es incapaz de expresarse con fluidez ¡Observen la interpretación de esos actores!  O aquellos niños que dentro del aula se ríen con un cinismo entre infantil y diabólico, cuando la policía les comenta sobre la muerte de Katie. ¡Como en una maldita escena de South Park!

Comprender la comprensión de su comprensión.

Han pasado siete meses. La psicóloga Briony Ariston (Erin Doherty) realiza una entrevista clínica y forense, con el fin de determinar si Jamie tiene la capacidad para comprender la naturaleza y consecuencias de sus actos. Es un capítulo espectacular por la excelencia del guion, la nervadura prodigiosa de los diálogos y la descomunal interpretación de Jamie, -el joven Owen Cooper es la revelación dentro de un elenco de actores impresionantes. Ahora veremos quién fue Jamie, el adolescente aguijoneado, espoleado y estimulado a cometer un homicidio, y quién es Jamie ahora, sometido durante meses a las contingencias y desagradables escarmientos en un reclusorio de salud mental para jóvenes.

Ya no es el Jamie callado, asustado, tímido, flexible, aquiescente que fue conducido de madrugada a la comisaria. Su instinto de supervivencia ha aflorado: es agresivo, controlador, manipulador, cínico, irascible, ansioso. Sigue negando su culpabilidad. De él emana frialdad emocional, ausencia de remordimiento y signos de una conducta psicopática temprana.

En un momento de alteración dice: “Si comprendo lo que yo hice” (Whether I understand what I did). Ahí explota porque se da cuenta de que acaba de aceptar que hizo algo. Acaba de admitir la comprensión de su culpabilidad. Eso le da pie a la psicóloga para indagar cómo fue su interacción con Katie y revelar el motivo del asesinato: Ella era una maldita perra, una bullying, pero no la maté.

Jamie, quiso aprovechar la presunta vulnerabilidad de Katie para invitarla a salir con él, pero falla, y solo recibe su burla a través de comentarios y emoticonos ofensivos en Instagram. Su mirada hacia a Katie es totalmente despersonalizada, como si ella también fuera un emoticono. Intenta borrarla de la pantalla de su vida, donde él reconoce que todo es virtualmente falso. No confíes en un video, todo es fake news, le dice a la psicóloga; pero ya es tarde, Briony tiene lo que necesita para hacer su informe.

La despedida de la psicóloga es una especie de venganza irreprimible, porque ella sabe que está siendo tajante, abrupta y cortando lazos empáticos que eran falsos, dirigidos únicamente a resolver una evaluación legal. El guardia se lleva a Jamie en medio de una gigantesca perreta. La sesión ha sido muy dura. Y las lágrimas afloran en el rostro de la joven dando fin a la represión de sus emociones. Se ha enfrentado a un monstruo que no se arrepiente ni se responsabiliza con su crimen.

Los Jamies nuestros de cada día

Adolescencia no es un ensayo fílmico ni un tratado teórico sobre los problemas de la adolescencia actual. No puede serlo. Ni ir a profundidades inciertas. Ni intentar dar respuestas de los problemas sociales que plantea.

Adolescencia es una pesadilla colectiva. El retrato naturalista y lóbrego de una realidad que golpea a la sociedad contemporánea. No hay que pedirle ni más profundidad, ni tampoco soluciones ni desbordamientos teóricos, creo yo. Es bestial, es demoledora, es una lección de arte y de vida.

En Santander hace unas semanas cuatro adolescentes golpearon a un compañero tetrapléjico y subieron el video a las redes. Hace unos meses, en Francia cinco jueces condenaron a veinte años de cárcel, al exesposo de Gisèle Pelicot, por drogarla, violarla y reclutar a más de cincuenta hombres en una página web para abusar de ella mediante sumisión química. No irán lejos los de adelante si los de atrás son peores.  

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