The Substance. La prueba de Madeline Ashton.[1]

Hubo un tiempo en que la madrastra de Blancanieves interrogaba al espejo, recibía su aprobación y dormía en paz. Sin embargo, el día que fue superada en belleza por su hijastra, su martirio ya no tuvo fin. Sin la posibilidad de acudir al bótox, ni al peeling químico, ni a la mesoterapia, ni a la liposucción, ni al lifting, ni siquiera a unas miserables inyecciones de ácido hialurónico, su única alternativa sería matarla. Liquidar a aquella que era más joven y bella.

La madrastra de Blancanieves no era una artista famosa, ni celebrity, ni modelo, ni influencer. A lo sumo una reina, cuya riqueza no le servía para echar el tiempo atrás, ni borrar arrugas y tejidos fofos. Tampoco fue bombardeada por ningún tipo de anuncio publicitario, ni su cerebro había sido moldeado por el consumo de telenovelas y espectáculos mediáticos concebidos desde la male gaze y envenenados por la vena “patriarcal capitalista que reduce a la mujer a un objeto sexual para beneplácito masculino”. Incluso para triunfar en sus predios lo importante era tener una buena dote y estar en edad fértil. La bonitura era irrelevante.  

Esta señora tenía un claro problema de autoestima. Su confianza en sí misma y su autopercepción dependían a tal punto de la valoración de sus cualidades externas, corporales, que ni siquiera era capaz de constatarlo por sí misma, sino que esperaba ser evaluada y validada por la mirada del otro, del espejo, como metáfora del juicio social.

En un espejo similar se mira la protagonista de The Substance, Elisabeth un buen día después de su rutina de aeróbicos en un programa de tv.  Su audiencia se desinfla repugnada por el deterioro progresivo de su imagen. Ya la diva no impacta con su atractivo físico. Las huellas del tiempo la traicionan y su estrellato declina sin remedio. Hasta que es despedida del canal por su jefe, un émulo de Harvey Weinstein interpretado por Dennis Quaid.

Bajo la dirección de Coralie Fargeat en 2024, esta ciencia ficción terrorífica y sarcástica, juega con cierto sesgo autobiográfico al encargarle a Demi Moore, el rol protagónico.  Elisabeth Sparkle, una artista decadente, decide utilizar una droga experimental, para clonarse a sí misma y vivir a través de otro cuerpo una versión joven y perfecta, a la cual llama Sue (Margaret Qualley). El suministrador anónimo le advierte que ella y su versión deben alternarse cada siete días, y que no existe otro ser que la suplanta, sino que ambas están sujetas a una misma identidad. Por desgracia Elisabeth Sparkle rechaza tanto su yo original, que empieza a atentar contra ella, desde la potestad de Sue.

LAS FUENTES DEL ETERNO BODY HORROR

A ojos vista, se trata de una película centrada en ventilar el tema de la autoaceptación; no sin añadirle un ingrediente perverso: la rivalidad entre féminas. Ambos temas fueron adelantados en Death Becomes Her, una comedia de humor negro con elenco espectacular encabezado por Meryl Streep (Madeline Ashton). Ella y su antagonista, Goldie Hawn, ingieren una poción mágica que les dará una juventud permanente por diez años. Luego de lo cual deberán retirarse de la vida pública como lo hiciera en su momento Greta Garbo. Pero como quieren disfrutar ad infinitum los efectos de la pócima, terminan en una espiral autodestructiva, rotas y descompuestas como muñecas de trapo.

Cuatro años antesBrian Thomas Joneshabía rodado Rejuvenatrix (aka The Rejuvenator) el body horror  protagonizado por Vivian Lanko como Elisabeth (¡anjá!) una gloria del cine, rechazada y olvidada a causa de su vejez.  Durante años ella ha financiado las investigaciones del Dr. Ashton (John MacKay) en torno a una sustancia que extrae del cerebro de personas fallecidas, y convierte en suero capaz de revertir la senectud. Al conectar Rejuvenatrix con The Substance, no hay dudas sobre quién inspiró directamente la naturaleza física del monstruo que escenifica Demi Moore y su modo de aniquilamiento final.

Los críticos han explayado un largo pliego de coincidencias entre The Substance y otros muchos filmes. Una desaforada intertextualidad rica en apropiaciones, alusiones, citas y paráfrasis caracteriza temática y en términos de visualidad la película, permitiendo que se le adjudique parentesco e inspiración en una amplia lista en la que figuran, entre otros, autores como David Cronenberg, Julia Ducournau y Stanley Kubrick, y títulos como Dr. Jekyll & Mr. Hyde, El retrato de Dorian Gray, Carrie, The shining, The Thing, The Perfection, Kill Bill, Barbie y El hombre elefante.

Lo único que demuestra semejante compendio es el buen gusto y el fino instinto de Coralie Fargeat. Desde su filme anterior Revenge (2017) se ha permitido pasear su talento entre opciones, estilos y estéticas muy precisas para escoger y construir un discurso moral, visual y dramático tan provocativo como sugerente, incluso si se le adjudicara una falsa originalidad. Cosa que, a una audiencia que ha sobrevivido al estanco postmoderno, ya le resulta intrascendente.

PARA GUSTOS, SUSTANCIAS

Coproducida entre el Reino Unido, Estados Unidos y Francia, The Substance está causando una reacción polarizada en el público. Para algunos resulta plana en términos actorales, predecible en su argumento. Demasiado gore y demasiado transparente en sus referencias fílmicas. Sexualizante, extravagante y poco sutil en su enfoque feminista y hasta contraproducente a esos efectos.

Eso es discutible. Incluso su impecable coherencia narrativa, muy de manual, que le valió el premio al Mejor Guion (Coralie Fargeat) en Cannes. Superado ese acápite, se me hace muy interesante que a pesar de su predictibilidad no decae su ritmo, ni deja de motivar una reflexión en torno a temas, que hoy por hoy colman ciertas preocupaciones de algunas celebridades. Hay un montón de gente que cree poder y anhela luchar contra el envejecimiento y los defectos corporales, acudiendo a toda suerte de artilugios científicos. 

Con sinceridad, siempre me ha parecido un poco parcial la tesis de que el mercado y la industria del entretenimiento empujan a la cosificación del cuerpo femenino. Hasta cierto punto la diversidad de los cuerpos ha sido boicoteada a través de cánones de belleza impuestos por la élite financiera que maneja los mercados de la imagen. Aun así, nadie está obligado a obedecer los estereotipos. La inteligencia y el talento también han sabido imponerse: Woopi Goldberg, Glenn Close, Tilda Swinton, Kathy Bates, Meryl Streep, Carmen Machi, Rosy de Palma, etc. No obstante, ha sido más fácil presentar a la mujer como alguien estúpido y manipulable, y minimizar su capacidad de discernimiento y elección. En The Substance se reconoce la presión estructural del sistema de estrellas, pero se pone el énfasis en el libre albedrío de Elisabeth, quien escoge la fórmula impulsada por su vanidad.   

Es un poco tendencioso considerar que la mujer es una víctima pasiva de la presión social y de la propaganda mediática, y que no discrimina entre el modelo de belleza que le proponen las telenovelas y el cine, las redes sociales, la moda y lo que ella misma quiere y necesita. No es menos cierto que muchas padecen un desinterés por la información y el conocimiento; hay ignorancia autoimpuesta; hay ejercicio intencionado de la estupidez y eso no es responsabilidad de ninguna entidad social por muy machista que se pretenda.

Por eso en el filme el consumo de la sustancia es una opción que Elisabeth incorpora a su antojo. No paga un centavo por ello. Ahí la directora prefiere dejar implícita cualquier alusión a intereses espurios de consorcios farmacéuticos, médicos, mafias, traficantes, etc. Todo eso queda a la especulación. La protagonista solita se pone la soga al cuello, porque ella representa un estrato, una tendencia que no alcanza para definir a todos los seres humanos.

EL CHIP DE LA FELICIDAD

Mientras escribía este artículo, Julia Fernandes, una modelo brasileña de 29 años, participante de un reality show de la tv chilena, declaraba en redes sociales que: “Yo para tener este cuerpo tengo un chip hormonal de gestrinona, que no hay en Chile. Es llamado el chip de la belleza y sólo lo tienen en Estados Unidos y Brasil. A mí me hacen todo un estudio hormonal, de cómo están mis niveles de testosterona, y otras cosas que yo no entiendo”, aseguró. Dice que viaja todos los años a Brasil, donde su médico le administra el esteroide sintético con el fin de mantenerse joven y con una apariencia espectacular. Cualquiera puede ver en internet que la gestrinona, es una medicación utilizada desde 1986, en el tratamiento de la endometriosis, el fibroma uterino, el sangrado menstrual abundante, y ahora se estudia su pertinencia como anticonceptivo. Especialistas han afirmado que su uso como chip de la belleza “es una mala práctica clínica, sin evidencia científica que la sustente y que somete a las mujeres a riesgos”[2]. Eso a Julia Fernandes, le importa un cuerno.

¿Tenemos las mujeres necesidad innata de autopercibirnos como objeto de deseo? Pudiera ser. Ni me asombra ni me ofende. Otra cosa es el sentimiento obsesivo e insano de habitar una estructura humana por la que se siente una progresiva aversión. Tal es el resultado de una distorsionada creencia y de un prejuicio surgido y reforzado por el paso del tiempo. Es decir, quienes sufren esa (des)ilusión, sean o no estrellas mediáticas, no nacen en el cuerpo equivocado, sino que llegan a sufrir lo que consideran la traición o equivocación del cuerpo, ante el curso de la naturaleza. Ignorancia, inmadurez, trastorno mental. No lo sé.

ESCATOLOGÍAS DEL HUMOR NEGRO

Por lo demás, hay que entender que The Substance se decanta por la estética del absurdo y la hiperbolización. Tiende a sobredimensionar el escarnio, la enorme sutura quirúrgica, la piel necrosada, los miembros colgantes y tumorosos, el desparrame sangriento, los fluidos fermentados, la putrefacción de los tejidos, etc. La película, no lo voy a negar, es grotesca, tiene escenas que revuelven el estómago. Por otro lado, también tiene situaciones de humor negro que ayudan a bajar la carga intimidante de la trama. Para mí es una alegoría del síndrome de dismorfia corporal. Nada más común en nuestros días que esa inconformidad y sufrimiento con el cuerpo, a partir de una preocupación desmesurada por algún defecto físico, real o imaginado, cuya percepción se convierte en un trastorno obsesivo.

Esa insatisfacción con la apariencia física que sufren, sobre todo, las mujeres expuestas al mundo mediático: actrices, presentadoras, cantantes, youtubers y modelos, ha empujado a muchas a someterse a cirugías y procedimientos estéticos de dudosa eficacia, y en general muy peligrosos. Más temerarias que temerosas estas personas se acogen a un ciclo interminable de procedimientos cosméticos y quirúrgicos con el fin de mejorar su imagen o luchar contra los estragos de la vejez. A veces mueren o enfrentan graves problemas de salud. Y en ese sentido The Substante es algo más que una advertencia siniestra y burlona.

Mi escena favorita: Para recuperar un poco su autoestima, Elisabeth decide aceptar la invitación a cenar con un antiguo colega del instituto que la admira tal cual es. Ya lista para salir su vista tropieza con el billdboard que muestra el cuerpo semidesnudo y tonificado de la deslumbrante Sue. Regresa al espejo, se mira y entabla un combate fatal con el maquillaje. Perdida la batalla se queda a rumiar su frustración entre las paredes de su apartamento, incapaz de tener un momento de paz y de placer consigo misma y con el mundo exterior. Sin embargo, ¿quién no ha vivido una crisis de incomodidad frente a la imagen que refleja el espejo? No es malo querer proyectar lo mejor de sí. Lo insano es convertir ese detalle en un impulso incontrolable y mutilador. 

MUCHAS VIDAS EN UNA SOLA DOSIS

La cineasta francesa Coralie Fargeat, ha destapado una verdadera caja de Pandora temática con The Substance. Quienes aceptan el diálogo sincero con el filme, han hallado múltiples formas de encarar su exégesis. Reconocen, por ejemplo, que se puede establecer un paralelo entre la sustancia y el consumo de estupefacientes. El mundo de fantasías que presume Sue, puede ser efecto de las drogas.  Lo motiva el hecho de haber perdido el trabajo, pues ya no es joven y bella; además, su identidad de cara al mundo proviene de la retribución emocional que le produce la fama, asociada a la satisfacción de las expectativas del otro. No tiene pareja, ni hijos, ni familia, ni otro proyecto de realización personal sobre el cual volcar sus esfuerzos. Este es un perfecto escenario para recurrir al efecto enajenante de las drogas y su subsecuente dependencia.

Conectado con esa misma adicción, se verían denunciados los efectos adversos de ciertos fármacos.  A partir de un accidente automovilístico por el que termina en un hospital, a Elisabeth le ofrecen una sustancia, tal vez para detener el dolor simbólico que padece. La propia industria médica y farmacéutica administra a los pacientes paliativos al dolor, convirtiéndolos en adictos a opioides como el fentanilo, con un enorme costo de salud a mediano y largo plazo.

Por otro lado, está una interpretación más cercana a la necesidad de alimentar el ego, mediante el efecto dopamina que produce la aprobación del otro, el like del follower, el placer de ser aupado y celebrado. Cuesta trabajo creer que el final de The Substance no se inspira en el capítulo de la serie Futurama: The Thief Of Baghead.  En ese episodio se presenta a la estrella Langdon Cobb quien se alimenta de la admiración de sus fanáticos consumidos y convertidos en “un pingajo flácido” al contacto visual con su rostro, por lo que siempre actúa con una bolsa que le cubre la cara y jamás permite ser fotografiado. Su ego habita en un hongo en forma de perro bestial, que crece desmesuradamente al calor de los aplausos que recibe Langdon por su interpretación en escena. Al ganar el premio al mejor actor, su ego se descontrola aupado por los aplausos de la multitud, e irrumpe en el escenario con toda su deformidad destructiva, aniquilando todo a su paso, de la misma manera que la monstruosa Elisasue esparce su líquido sanguinolento sobre la audiencia espantada.

Una última muestra del enorme caleidoscopio temático discernible en The Substance, está en la clara alusión a los trastornos alimenticios, de muy compleja etiología, detonados por factores de tipo sociocultural.    Elisabeth convierte la ingesta descontrolada de alimentos en un factor de autoagresión. Así, esta obra denuncia la violencia alimentaria que sufren los cuerpos para cumplir con los estándares de belleza. Quede aquí este pequeño muestrario que podría incluir aun los conflictos generacionales, el odio subyacente o explícito entre lo viejo y lo nuevo, así como la épica rivalidad entre Caín y Abel, o la polaridad filoestética entre Dionisio y Apolo. Conste que voy dejando fuera, asimismo, la mirada de cualquier persona trans impelida a seguir tratamientos hormonales de por vida, para conservar la imagen con la que se siente mejor identificada, a riesgo de padecer trastornos de salud, tanto por el consumo habitual del medicamento como por su indeseable suspensión.

LO QUE IMPORTA ES VIVIR

El momento de la bola en el trasero de Sue, me recordó a Paola Castillo, una joven mexicana que había mostrado en su canal de YouTube una segunda bola que le había salido en la cadera a causa de un tratamiento estético de redistribución de su grasa corporal. Paola se ha puesto y se ha quitado implantes mamarios. Ha compartido en Instagram sus infecciones y agonías posoperatorias. Y ha confesado hace poco haberse retirado dos costillas.

Elisabeth, como la madrastra de Blancanieves, al final comprende que tiene que matar a su rival. Pero como su lucha es consigo misma, se autoaniquila. Nunca entendió que replicarse en un cuerpo más joven y hermoso no entrañaba una duplicidad. Su conflicto siempre fue psicológico, moral, espiritual. La solución parece inalcanzablemente sencilla: Para restaurar la confianza en sí misma y conciliar cuerpo y mente hay que reparar el yo interno, desagraviar al niño amordazado y confinado en una esquina de la conciencia, hay que curar el corazón del alma. Lo cual, a Paola, a Julia y a Elisabeth les importa un cuerno.


[1]Madeline Ashton es el nombre del personaje que interpreta Meryl Streep en Death Becomes Her (Robert Zemeckis, 1992). Su rival, Helen, interpretada por Goldie Hawn, se queja de que todos sus novios la abandonan tan pronto conocen a Madeline. Por eso, antes de casarse con el Dr. Ernest Menville (Bruce Willis), se lo presenta a su voraz amiga a ver si pasa la prueba.

[2] https://www.biobiochile.cl/noticias/salud-y-bienestar/cuerpo/2024/10/17/los-peligros-del-chip-de-la-belleza-el-dispositivo-sintetico-que-famosos-usan-para-verse-jovenes.shtml

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