Me fascinan los documentales porque, ontológicamente dicho, su médula convertida en discurso del arte proviene, en primera instancia, de una supuesta realidad. A diferencia de aquella ficción inspirada en hechos reales, el documental nos hace creer que somos espectadores de un fenómeno objetivo. Lo objetivo es científico y lo científico es verídico, si lo contemplamos desde la dialéctica socrática que pervive en la sociedad moderna. Y de ahí no hay quien nos saque. Sin embargo, el dato artístico jamás es ni real y mucho menos científico. Si ya pasó por la subjetividad del creador y su obvia manipulación estética, ¿dónde queda el zumo de su imbatibilidad moral? No nos hagamos los tontos, el cine es el cine y un documental es una historia contada desde un simulacro de realidad que reclama un pacto de credibilidad como cualquier asunto de ficción. Si al final los datos de la ciencia coinciden con los de la obra, pues, es eso, pura coincidencia.
Dicho lo anterior, en el documental La memoria infinita (Chile, Maite Alberdi, 2023) tenemos un fantástico ejemplo de cotidianidad manipulada. La joven actriz Paulina Urrutia, se enamora de un hombre mucho mayor que ella, Augusto Góngora. Con el transcurso del tiempo el amor y la admiración mutuas van en aumento, pero al cabo de casi 25 años de relación, él ha envejecido y ahora es víctima de Alzheimer. Ella decide cuidarlo y convertirse en su cerebro extracorpóreo, para ayudarlo a no olvidar quién es él y quién es ella. Ese es su superobjetivo, mantener a salvo un reducto de memoria que le permita ejercer sobre su pareja el amor, de la única manera posible: mediante el cuidado sanitario, como una suerte de enfermera vitalicia, con derechos reservados.
Es evidente que La memoria infinita, con guion de la propia Alberdi, nos sumerge en sus tres dimensiones fundamentales: el amor, la enfermedad y la historia de un sujeto. No creo que sea una película sobre el Alzheimer no más, sino sobre la voluntad de amar a alguien tal y como es, lo cual implica amarlo tal y como se va transformando en razón de su padecimiento.
Debe añadirse el hecho extraordinario de que Góngora ha sido una persona con un desempeño significativo en el área intelectual. Es una figura pública, escritor, productor de televisión y cineasta, vinculado al periodismo independiente y a la oposición durante la dictadura de Pinochet. Su militancia, presumiblemente de izquierda, abraza su carrera en los medios y termina por diluirse con la enfermedad; no obstante, queda revelada a través del diseño narrativo asumido por Alberdi, que no tarda en insistir varias veces sobre su comprometimiento político.
Me parece elemental preguntarse, bajo qué criterio ético se interviene y se expone la vida de una persona que no puede dar su consentimiento a ser observada y presentada al mundo en un estado de insalubridad mental. Desde luego, reflejar una enfermedad a través de quien la padece y la personifica ante la cámara -no siempre Góngora está consciente de que es filmado-, tiene entre otras implicaciones, el beneficio de servir de prototipo para estudios médicos. También cabe reconocer que constituye un aprendizaje para todos, una invitación a ser más empáticos con personas atrapadas en semejante dolencia, e incluso, puede ser interpretado como una suerte de alerta sobre la fragilidad de la cordura humana.
Para que tengan una idea, La memoria infinita, además de haber sido un éxito de taquilla en Chile (por encima de Barbie y Oppenheimer, estrenadas allí en la misma semana de agosto de 2023), se ha convertido en el documental chileno más visto de la historia. Digo esto para poner el parche a lo que voy a decir a continuación. Resulta que en 2020, Maite Alberdi había dirigido una joya titulada El agente topo, obra muy superior a La memoria infinita, y que le abrió un camino de laureles, por yuxtaposicón mediática, a su sucesora.
En El agente topo, un elegante señor de 83 primaveras, con un porte parecido al que llevaba Richard Gere en la alfombra roja de Cannes este año, es contratado para infiltrarse en un hogar de ancianos, desde donde reportará con pelos y señales, todo lo que pasa en esa institución. El improvisado detective debe centrarse en una octogenaria, cuya hija está pagando los servicios de espionaje. En este documental su autora llega a romper los límites entre no ficción y ficción de una manera insólita. A semejanza de El asesinato de Rodger Ackroyd, una fórmula irrepetible dentro de la novela policial, El agente topo, se apoya en un procedimiento narrativo donde se articula una puesta en escena con factores tan peculiares que difícilmente pueda ser reutilizado con igual destreza. Nominado al Oscar como mejor largometraje documental en 2021, El agente Topo abonó el prestigio de la realizadora y la colocó en la mirilla complaciente de la opinión pública. Es una obra especial y única, que deslumbró por igual al público y a la crítica, y dejó un buen sabor en la retina de los espectadores que esperaron su siguiente obra con gran interés.
Para mí eso explica el triunfo de La memoria infinita, ganadora del Premio Goya a la mejor película iberoamericana en 2024. Si quiere mi consejo, vaya a verla. Hay muchas cosas insinuadas en esta cinta que le harán reflexionar; mucha herida implícita que le mostrará el encaprichamiento selectivo de la memoria, así como el misterio que representa optar por el olvido. También tendrá la oportunidad de juzgar la decisión de una mujer que elige ser la amorosa cuidadora de su cónyuge, y accede a mostrarlo desvalido, chochante, demente, vulnerable y manipulable, a la vez que se muestra a sí misma en todo su potencial de piedad y sacrificio. Si después de ver esta obra tan “casual e ingenua” usted sigue creyendo que lo objetivo es científico y lo científico es verídico, no se preocupe, será solo una emoción fugaz.
