Rompiendo la rutina con Bella Baxter

Me queda claro que Poor Things (Pobres criaturas), la más reciente película de Yorgos Lanthimos no vale para todos los gustos. Entiendo que haya gente ofendida, decepcionada y desmotivada ante tanto satirismo gótico, tanto eclecticismo estilístico, tanta jugarreta fantástico-onírica, tanta bacanal discursiva, tanta cita hipertrofiada y tanta perfidia poética apoyada en la hibridación de géneros. Capaz de provocar cualquier tipo de reacciones adversas, Poor Things puede estar contraindicada lo mismo para temperamentales crónicos que para ingleses con presión baja.

Yo misma, después de verla me debatía entre lo intensamente rica que me parece la cinta en términos visuales y la incertidumbre moral de la cual me hace cómplice. Quería abrazar la película y a cada uno de los personajes y quizás darles una mordida en la oreja, como le hace Madame Swiney (Kathryn Hunter) a Bella Baxter, para castigarla. Así mismo querría darle su abrazo y su mordida a Yorgos Lanthimos y un beso extra por toda su obra anterior. Sin embargo, no acabo de acoplar lo que Lanthimos me cuenta ahora con lo que yo consigo interpretar.

Una aristócrata agobiada por un matrimonio infeliz y un marido abusivo, solo encuentra alivio al quitarse la vida. Forzada a renacer y abocada a una especie de pubertad o adolescencia, quien ahora es nombrada Bella está en condiciones de corregir su destino. Para lo cual estrena un cerebro que le permite volver a la casilla inicial y llevar el juego a la versión 2.0, libre de normativas. En su actual proyección psicogénica parece librada de los estereotipos culturales establecidos por el habitus y el modelo impositivo patriarcal. Sin embargo, no escapa al principio psicobiológico, lo cual explicaría la inclinación sexual que Bella siente de manera espontánea hacia los hombres. No obstante, para justificar su extrema desinhibición, su casi absoluta desprogramación hormonal, se la muestra capaz de consentir y disfrutar de una vida erótica no binaria.  

Obra anclada a una serie de referencias superficiales, se impone sobre todo Frankenstein, por el concepto de reanimar un cuerpo y regresarlo al reino de este mundo. También por el método de llevar al límite la primera ley de la termodinámica, mediante aquellas vivificantes descargas eléctricas. Como la energía ni se crea ni se destruye, aquel cuerpo pasa de ser el cadáver de la señora Victoria Blessington, embarazada que acaba de cometer suicidio en un puente de Glasgow, a convertirse en Bella Baxter, cuyo cerebro ha sido remplazado con el de su hija recién nacida o recién muerta; para el caso da igual.

Asimismo, a partir de los experimentos del Dr. Godwin Baxter, la cinta nos conecta a todos los Frankenstein que en el cine han sido; pero también con el personaje de Saul Tenser en Crimes of the Future (Crímenes del futuro, 2022), del cual el Dr. Godwin parece un hermano mayor, interpretado con nobleza histriónica por Willem Dafoe.

Como Mejor Actriz, Emma Stone, no tenía competencia para llevarse el Oscar. Cualquier cosa podía esperarse de un personaje presumiblemente cuajado de insensateces y lagunas genéticas. Da igual si le da una perreta o si siente el apremiante llamado del clítoris. Su progreso, en un ambiente carnavalesco y amoral, resulta espasmódico.  Bonita, incivilizada, caprichosa, pueril, rebelde, es la Bella que nos presenta Lanthimos en la primera media hora.  No hay clichés para interpretar a un ser humano así. ¿Cuál sería el comportamiento de una mujer con la masa encefálica de una bebé? El relato especula al respecto, atribuyendo a Bella un proceder más histérico que infantil. De cualquier modo, no me convence su devenir, ni los modos en que Stone asume su rol.

Su faceta de prostituta vocacional, nata, inescrupulosa, es de lo más discutible, porque no está lejos de argumentar el concepto de la trabajadora sexual como una mujer mentalmente inmadura. No sé qué quiere Lanthimos que haga la actriz, ni qué puede hacer ella desde sí misma dentro del campo fantástico en que se inscribe esta comedia negra de ínfulas victorianas, y atmósferas entre retrofuturistas y art nouveau. Cómo se supone que Emma Stone deba convencerme de que su Bella logró encajar en el steampunk, ese subgénero de la ciencia ficción literaria, cuyo estilo se afinca en la ingeniería eléctrica y la maquinaria industrial decimonónica. Dejémoslo ahí.

Sin dudas los premios más orgánicos están en tres áreas indisolubles: Mejor Diseño de Producción (James Price, Shona Heath y Zsuzsa Mihalek); Mejor Diseño de Vestuario (Holly Waddington); y Mejor Maquillaje y Peluquería (Nadia Stacey, Mark Coulier y Josh Weston). En efecto, el diseño de producción es un conjunto de actividades y departamentos, que engloba escenografía, ambientación, vestuario, maquillaje y peluquería, básicamente. El diseño de producción fija o define la naturaleza visual de una película en cuanto a color, textura, apariencia de cada elemento que se va a someter al escrutinio de la fotografía durante la puesta en escena o puesta en cámara. Todo lo que vemos en un filme transmite un cierto modo de entender la historia. Desde luego, el espectador lee esas señales de acuerdo a su conocimiento del mundo y a su modo de ver la vida. La escenografía y el ambiente, así como el vestuario y maquillaje en cada caso, tienen que responder a la naturaleza esencial del filme. Porque todos esos elementos ayudan a dar coherencia, vigor y verosimilitud a la historia, y complementan el aspecto emocional o intelectual que ella representa.

Vale destacar la enorme solvencia con la cual se definieron los múltiples escenarios, el decorado, la ambientación, el diseño de personajes en Poor Things. Se logró una coherencia disfrutable, aun cuando no se pretendía un anclaje temporal estricto, o definible con sujeción a un género específico. Cada fotograma es un planteamiento pictórico y sensitivo, cuyo intertextualismo oprime cualquier interpretación trivial. Inspirados por las pinturas de Egon Schiele, Hieronymus Bosch y Francis Bacon, los diseñadores elaboraron un documento abundante en detalles sobre lo que se debía construir o crear a nivel arquitectural, con su consiguiente implicación semiótica bien acotada.

El guion, de Tony McNamara, está basado en la novela homónima de Alasdair Gray publicada en 1992. No me consta que en el original Duncan Wedderburn, haya sido planificado del modo tan brillante en que lo asume Mark Ruffalo. Por lo demás, la banda sonora original de Jerskin Fendrix, la ajustadísima fotografía de Robbie Ryan y el apropiado Montaje de Yorgos Mavropsaridis, completan las excelencias de una cinta demasiado hilarante para levantarle el Oscar como Mejor Filme a Oppenheimer. La de Christopher Nolan es una obra más susceptible de llamar al compromiso de un círculo académico, que necesita demostrar su sensibilidad con respecto a la beligerancia que domina ahora mismo el tablado geopolítico. Oppenheimer es el Hollywood de toda la vida; Poor Things es una canita al aire.

Desde su estreno en el Festival de Venecia, donde ganó el León de Oro, Poor Things comenzó a provocar tanto estupor como deslumbramiento. El estudio del vestuario de Bella, en su desarrollo como personaje, -no me animo a llamar “evolución” a su coming of age– bastaría para sentar cátedra de la especialidad, según las intenciones estéticas declaradas por la vestuarista Holly Waddington.

Lo que me sigue pareciendo pura gresca, es que se ha querido vender la idea de que la película tiene un mensaje feminista. Ni lo necesita. Entre tanto eclecticismo visual y tanto pronunciamiento retórico que emite Bella en lo que pudiera entenderse como su etapa adulta, si hay una proyección feminista a mí me parece ambivalente y confusa. Podría aceptarlo, si no pesara tanto el momento ridículo en que Bella descubre la vida precaria de los pobres de la tierra desde un crucero en Alejandría. Y si no fuera tan patético y banal su paso por el prostíbulo parisino, y tan estereotipado su descubrimiento de la masturbación. Hay demasiada redundancia masculina en la visión que se le imprime y poca espontaneidad en las acciones de esta Bella, a cuya bestia interior se le ven los calzoncillos.

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