Vivir o morir en los Andes

Berta Carricarte

Ignorante de que andaba por los cines del mundo una película titulada La sociedad de la nieve (2023), me sorprendieron, en internet, un par de entrevistas a dos de los sujetos involucrados en el terrible acontecimiento que narra el filme dirigido y escrito por Juan Antonio Bayona.  No es la única, ni siquiera la primera versión sobre el hecho. Existen varios libros, documentales, películas y hasta una obra de teatro que se inspira en el aterrador suceso, real, dramático y espeluznante. A diferencia de las películas  Supervivientes de los Andes (1976) y ¡Viven!, (1993), La sociedad de la nieve es la primera adaptación que recurre a los nombres reales de todos los pasajeros, pues está  basada en el libro homónimo de Pablo Vierci publicado en 2009.

Resulta que en 1972 un avión uruguayo en el que viajan los jugadores del equipo de rugby de Montevideo se estrella en la cordillera de los Andes y los sobrevivientes deben adaptarse a condiciones extremas. De las 45 personas a bordo, 16 lograron salvarse durante 72 días en uno de los entornos geográficos más adversos e inhóspitos que se pueda imaginar. Ante todo tuvieron serias dificultades para soportar el frío nocturno cuando las temperaturas bajaban hasta -30 °C.

En virtud de su escritura clásica y extremadamente conservadora, La sociedad de la nieve jamás sucumbe a la tentación de una bacanal de realismo intimidante o morboso. Más bien suaviza las tensiones, contradicciones, arrebatos y displicencias que deben haber aflorado en una convivencia tan indeseada como indispensable.  Todos son buenos en La sociedad de la nieve; nadie padece en mínima proporción si quiera, las imperfecciones, defectos y miserias morales que dan substancia y color a la sociedad humana desde que el mundo es mundo. Los siete pecados capitales fallecieron junto con las primeras víctimas del desastre, y los diez mandamientos allí serian impronunciables. El único pecado, presentado como salvadora eucaristía, fue haber sucumbido a la necesidad de alimentarse de carne humana, para no morir de inanición.

La película está mayormente contada desde la perspectiva de Numa Turcatti, uno de los pasajeros (interpretado por Enzo Vogrincic). Se trata de un joven de 24 años que está a punto de recibirse como abogado cuando un amigo lo invita a acompañar al equipo de rugby en el fatídico vuelo. Numa es exaltado como símbolo de la fe cristiana dentro del filme, desde el primer momento en que aparece asistiendo a misa en una Iglesia de su natal Uruguay, hasta su ejemplar martirologio, así como la propia forma en que cuestiona por qué, si ha hecho tanto a favor de sus compañeros, su destino sería más adverso. Esa duda emana de su rol como figura inmaculada y prístina,  e introduce, de modo parabólico, una angustia similar a la que atormenta a Jesús de Nazaret en Getsemaní.

La idea de colocar el relato en voz de Numa Turcatti, persigue, además, ofrecer una estructura cronológica y más o menos ordenada de los acontecimientos, para que el espectador pueda seguir la historia y no naufrague entre los diferentes personajes y situaciones que aparecen antes, durante y después de la catástrofe. Bayona sabe que no puede confiar el impacto narrativo a una serie de protagonistas que tendrían que ir pasándose el batón. No puede hacerlo. Primero porque no le alcanzaría el tiempo para crear la necesaria empatía entre público y personaje, y segundo porque corre el riesgo de diluir lo esencial de la trama –la lucha común por la sobrevivencia- en los enfoques personales de cada quien.

La Sociedad de la Nieve, más allá del excelente maquillaje, y el  uso comedido y eficiente de la música,  aporta una habilidad técnica en efectos visuales y especiales, sin desparramarse en un espectáculo que intente soliviantar la adrenalina. Con apego a la autenticidad y la transparencia emocional, pero sin sensacionalismo, se describe en una necesaria compresión temporal, lo que en esencia vivieron y sufrieron aquellas víctimas.

El momento más controversial, si se quiere, el más duro, el más horrendo, pero necesario sucede cuando comprenden que tienen que escoger entre intentar sobrevivir hasta que se produzca el ansiado rescate o morirse de hambre. Y lo único que tienen para comer son los cuerpos congelados de sus compañeros fallecidos.

Llegar a la antropofagia no fue una salida improvisada.   En sus memorias, Milagro en los Andes (2006), el propio Nando Parrado  escribió sobre esta decisión:  “A gran altura, las necesidades calóricas del cuerpo son astronómicas. Nos moríamos de hambre en serio, sin esperanza de encontrar comida, pero   nuestra hambre pronto se volvió tan voraz que buscamos de todos modos. Una y otra vez recorrimos el fuselaje en busca de migas y de bocados. Intentamos comer tiras de cuero arrancadas de piezas de equipaje, aunque sabíamos que los productos químicos con los que habían sido tratados nos harían más daño que bien. Abrimos los cojines de los asientos con la esperanza de encontrar paja, pero solo encontramos espuma de tapicería no comestible. Una y otra vez llegué a la misma conclusión: A menos que quisiéramos comernos la ropa que llevábamos puesta, aquí no había nada más que aluminio, plástico, hielo y roca.”

Necrofagia, canibalismo, antropofagia, no sé cuál es el calificativo apropiado para el caso. De cualquier forma, en la película ese tema está tratado con mucha delicadeza, con una sinceridad, una modestia y una neutralidad ejemplares.

Para mí, el mensaje inscrito en esta obra me recuerda algo que no por trillado deja de ser notable, y que fue retomado por otro filme reciente Nyad (Elizabeth Chai Vasarhelyi y Jimmy Chin, 2023), en el momento en que Diana, la protagonista (Annette Bening), a raíz de haber logrado su más anhelado sueño, expresa estos tres principios: Primero: Nunca te des por vencido, Segundo: nunca es demasiado tarde para perseguir un sueño, y tercero, aunque parezca que estás solo, cada logro es el resultado de un trabajo en equipo. Tres máximas que cumplió literalmente, sin dudas y pese a todo, un grupo redivivo, en la Cordillera de los Andes entre el 13 de octubre y el 22 de diciembre de 1972.

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