A modo de precuela de El padre (Florian Zeller, 2020), con la que Anthony Hopkins ganó un Oscar, El hijo (F. Zeller, 2022) es ese tipo de película a la cual probablemente psicólogos, psiquiatras, maestros, trabajadores sociales, consejeros matrimoniales, jueces, abogados, curas, y hasta el mismísimo Papa le pudieran sacar lascas hasta raspar la vasija. Contada desde la perspectiva de Peter, un padre atormentado por los devaneos existenciales de su hijo Nicholas de 17 años, la cinta se sirve en bandeja de plata para el debate sobre la disfuncionalidad familiar.
Nicholas padece una depresión profunda y está a punto de tocar fondo. Como es un chico muy inteligente se vale de argumentos mezquinos para atacar a todos a su alrededor en su desesperación al no encontrarle sentido a la vida. Nicholas pretende justificar su actitud mediante emboscadas verbales para desviar la atención de su verdadero problema, que necesita ayuda médica intensa y prolongada. Se sabe que los cuadros depresivos en edades tempranas son muy difíciles de tratar y de muy reservado pronóstico. Sus causas rara vez están en la superficie e incluso, pueden ser el resultado de mecanismos que hoy estudia la epigenética y donde, junto a la predisposición registrada en el ADN, juegan un papel fundamental otros mecanismos ambientales asociados a modos de alimentación, ejercicio, medicamentos y exposición a sustancias químicas.
Lo más impresionante del filme, desde mi punto de vista, es el planteamiento en extremo realista del conflicto. Los diálogos son de una sencillez brutal por la veracidad que transmiten. Las actitudes de todos los personajes encajan en arquetipos conocidos. La mujer que ve marchitarse su sensualidad enclochada en “el amor de su vida”, el adolescente que pasa de la rebeldía propia de la edad a la actitud patológica y autodestructiva; el padre afectuoso, atrapado entre sus obligaciones conyugales, filiales y profesionales, y la mujer joven pero sensata que enfrenta su maternidad con rigor e intenta ser una madrastra responsable.
La película más bien propone diversas lecturas a partir de la relación del muchacho con las personas que le rodean, principalmente su madre , su padre y Beth su madrastra . Tampoco es fortuito el hecho de que una y otra vez se intercalen pasajes de la vida de Nicholas, desde las evocaciones idealizadas por Peter, de cuando el niño tenía 6 años y todavía sus padres estaban casados. Tal parece que de alguna manera se quiere plantear el divorcio como causa del desequilibrio emocional del joven.
No por gusto el primer plano del filme lo acapara el rostro de Beth, la joven mamá e inmediatamente la cámara se desplaza buscando a Theo, el bebé que reposa en la cuna. La última escena de esa primera secuencia nos da todo el material de base. Se trata de una familia fracturada, no solo porque Nicholas sea hijo de padres divorciados, sino porque no hay relaciones cordiales entre la ex y la nueva esposa. Las fricciones entre ambas son evidentes porque la ex continúa enamorada de Peter y está utilizando consciente o inconscientemente al hijo para desestabilizar el matrimonio de quien considera su rival.
La cinta destaca por un elenco de primera, encabezado por Hugh Jackman, como Peter Miller, Laura Dern como Kate, Vanessa Kirby, como Beth y Anthony Hopkins como Anthony Miller, el padre de Peter. Mención aparte merece el australiano Zen McGrath, quien se posesiona de Nicholas con un surtido de matices justificado por la personalidad inestable de un adolescente en crisis. En la vida nunca he sentido mayor aversión por un personaje como el de este chiquillo impertinente, insoportable, manipulador, egoísta, un típico depredador emocional que no conoce la paz ni siquiera consigo mismo. De hecho, es su propio enemigo y su verdugo. El relevante desempeño del novato McGrath adiciona credibilidad a la historia.
El padre, El hijo y La madre constituyen una trilogía teatral concebida por Zeller en su condición de dramaturgo. Aunque no directamente relacionadas, las tres se ubican en el eje familiar donde se ventilan diversos trastornos mentales. Resultado de la coproducción entre Reino Unido, Francia y Estados Unidos, El hijo es una adaptación al cine, con guion del propio Zeller y Christopher Hampton, y aunque no parece alcanzar la relevancia estética de El padre, se agradece la intención y los discretos méritos que sin duda le asisten. El tratamiento casi clínico del tema convierte al filme en una inobjetable referencia para todos, porque a todos nos ha tocado o nos puede tocar jugar ese complicado y doloroso ajedrez doméstico. De frente al caso, El hijo podría servirnos de simulacro de terapia, de alerta o de sanadora reflexión.
Publicado originalmente en http://Cartelera ICAIC 209
