Dime con quién andas y te diré: Allá tú.

Centrada en el tema de la lucha por la legalización del aborto, Las buenas compañías (Silvia Munt, 2023), se deja arrastrar por un realismo nostálgico supurado en el contexto de la Transición en la España postfranquista. Con esos tintes y esos aires, pone el énfasis en la cosa en sí, sin concederle el más mínimo adorno, ni la más leve floritura. Las contrariedades y sinsabores que viven los personajes son de una grosura incómoda, de una palpabilidad en la que  hasta el dolor físico figura más como un síntoma clínico que como un padecimiento  de la carne.  De principio a fin, estas compañías equivalen a una ilustración comentada de las penurias del proletariado bajo la sombra patriarcal de una república manida.

A pesar de esta ríspida apertura con la que ensayo un circunloquio sobre la cinta de Silvia Munt, intentaré escribir sobre Las buenas compañías con la mayor mesura y diplomacia posible, por el respeto que todo creador merece, cuando realiza una obra con la que honra el arte que profesa. Pero me toca confesar que ni siquiera ha tenido el poder de hacer calar en mí su mensaje. Aunque parece incendiaria y redentora, la cinta es más bien tibia y moralista, porque no solo abraza la causa proaborto con pueril entusiasmo, sino que apuntala el momento de rebelión con apego a la libertad sexual que es hoy agendada por el feminismo LGTBQ plus. Pero no de ese modo más natural y verídico que celebra la diferencia y la inclusión, sino como un pretexto para encajar en la moda. Algo así como: si vas a ser la chica radical, feminista rompedora y herética, te toca ser también lesbiana.

Bea (Alicia Falcó) tiene 16 años, cuando conoce en el verano de 1976 a Miren (Elena Tarrats), una adolescente de familia adinerada, majadera, caprichosa y obviamente pija, palabra que en España califica aquellos jóvenes que les gusta hacer notar su alto estatus social, a través de su comportamiento e imagen. La madre de Bea, interpretada por Itziar Ituño (inspectora Raquel Murillo en La casa de papel), es la típica madre fregona, amargada y sacrificada, pero también dispuesta a hacerse a un lado para propiciar que su hija sea feliz. Lo demás es el compromiso político y la solidaridad (sororidad) reinante dentro del gremio femenino de Rentería, que ha encontrado la manera de arreglar abortos con menos riesgos, conduciendo a las gestantes hasta la vecina y liberal Francia. El  guion (escrito por Sílvia Munt y Jorge Gil Munárriz)  toma como conexión histórica el caso de  las 11 de Basauri, un grupo de mujeres que en 1976 fueron detenidas y procesadas en el País Vasco, por haber abortado o haber ayudado a otras a hacerlo.

En su vocación por demostrar la abominable dominación masculina, cualquier hombre sensato desaparece del filme. Figuran a lo más, como una ausencia sombría o amenaza potencial, infames e indolentes embarazadores, reclusos, violadores, acosadores y campantes practicadores de estupro y exhibicionismo. Tal y como va la cosa, al propio Pierre Bourdieu le habría parecido demasiado, porque como ya dijo Mark Twain: Una verdad a medias es la más cobarde de las mentiras. No todos los gatos son pardos sea de noche o de día.

Silvia Munt nació en Barcelona en 1957. A su larga y ancha carrera como actriz de cine, teatro y televisión, ha sumado su faceta de directora que, con este, suma ya su segundo largometraje de ficción. El primero,  Pretextos (2008),  enmarca la historia de un matrimonio en crisis, que no logra rebasar sus diferencias a pesar del amor que les rezuma en el fondo. La propia Silvia interpreta a una directora de teatro, y su esposo en la vida real (Ramon Madaula), interpreta al marido médico. Ambos filmes se parecen en ciertos detalles: estética de teleplay, numerosos clichés, victimismos, lamentaciones y gustillo autobiográfico.

Lo que me preocupa de Las buenas compañías es eso: la frivolidad y maniqueísmo de su enfoque, el barniz progre, la visión monocular y sesgada de los complejos temas que aborda.  Siento que la defensa del aborto, no por legítima (ábrase aquí un paréntesis de discusión bizantina), deja de lanzar una mirada banalizadora  al milagro y la virtud de la gestación. Por eso esta película se me queda manca. Ni un minuto de reflexión para ese dolor espiritual que mutila. Un dolor con muchas vetas y muy antiguo, tanto como el materialismo, el agnosticismo y la ignorancia.

Publicado originalmente en http://Cartelera ICAIC 2017

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