
Ese tipo de gente que va por la vida riéndose de todo lo que puede y de lo que no debe también, va a disfrutar mucho Barbie (Greta Gerwig, 2023), aunque tal vez se ría menos y medite más. Es una película cómico-fantástica para adolescentes y para aquellos que, aun rebasados los años mozos, hemos aprendido a evaluar el calendario con la debida altanería. Suspicacias aparte, bienvenido este símbolo de la cultura pop a regenerarse en su indisimulada virulencia. Con su humor ligero de media tarde dominguera, esta Barbie viene envuelta en celofán satírico. Es hija del reciclaje postmoderno. Se autodestruye en tanto se legitima. Se aplaude y se escupe al mismo tiempo.
Válgame que nos fuimos a Barbilandia (según guion de Greta Gerwig y Noa Baumbach). Ni mejor ni peor que la Ciudad Esmeralda del Mago de Oz o la Neverland de Peter. ¡Qué bello todo! ¡Qué portentoso universo reventando plástico y color, con sus muchas Barbies diferentes! Doctoras, abogadas, ingenieras, periodistas, empresarias, albañiles, deportistas, y de todos los colores. También así de multiculturales, en aparente función de complemento, a cuenta de esa bipolaridad genérica que suele predominar en la sociedad humana, están allí los Ken. Pero, atención, hay una Barbie (Margot Robbie) y un Ken (Ryan Gosling) estereotípicos, modelo irrepetible que, como Adán y Eva, son el paradigma irrefutable e irremplazable. Es un mundo idílico y perfecto. ¿Qué puede salir mal?
Sin embargo… A pesar de su carencia de expectativas intelectuales o profesionales, y la permanente felicidad que domina sus días, Barbie empieza a tener pensamientos en torno a la muerte. Como consecuencia se inicia un deterioro de su perfección estética como objeto lúdicro. Se empaña su aptitud para estar en el mundo fantástico de Barbielandia. El mal aliento y la celulitis que se ha descubierto esta mañana, son evidencias de que ha comenzado a descomponerse. Aterrada por los acontecimientos va al encuentro de Barbie Rarita, quien le aconseja viajar al mudo real para reparar la grieta que se ha producido entre realidad y fantasía. Solo así podrá recobrar su apariencia perfecta.
Mis amigos me pedían encarecidamente que fuera a ver Barbie. No saben que mi aventuramiento en los predios del feminismo ha caducado. La vida es demasiado divertida y corta para andar colgándose etiquetas que, para colmo, hay que ajustar según las tendencias y filiaciones dado el paradigma equis, que concuerda con la situación ye. Etiquetas que exigen una coherencia militante y a las que hay que aferrarse y vigilar como si fueran una enfermedad crónica. No obstante, nada malo veo en ella –en la peli, digo-, salvo la inequidad entre la representatividad social de las Barbies y la casi nulidad ciudadana de los Ken, limitados a congratular a las empoderadas muñecas.
Aun cuando percibí que se reservaba una caracterización simplona para los sujetos masculinos, también entendía que más bien se les adjudicaba una posición subalterna, sin ánimo de ofensa, dentro de la utópica Barbielandia. A fin de cuentas, allí todo va de la memez a la tontería. Mientras en lo que se entiende como la vida real, la representación masculina está mucho más cercana al estándar, y describe tanto al hombre como a la mujer comunes con ejemplos más heterogéneos y verosímiles. Por lo demás, una vez restaurado el orden en el fantástico universo, se deja planteada una paulatina valorización de los Ken, que les permitiría disfrutar de un estatus más participativo y equitativo.
El bocadillo final de Barbie, –convertida en Bárbara Handler- me dejó intrigada por un instante. Nada en el relato cinematográfico sucede por azar. En su primera incursión en el mundo real ella le aclara a un grupo de hombres que la acosan a piropos, que ella no tiene vagina. Su decisión de dejar de ser muñeca y convertirse en mujer humana se genera espontáneamente. Si su primer hallazgo había sido una emoción dolorosa expresada mediante un síntoma físico: las lágrimas, es de suponer que al primer deseo sexual manifiesto las hormonas declaren lo suyo: la lubricación vaginal. La frase última de Barbie es un provocativo “Vengo a ver a mi ginecóloga”.
Esa es una bofetada que la comunidad trans no va a digerir ni perdonar. Los contornos y la esencia de un concepto que defina lo que es una mujer (no lo que es ser una mujer, sino lo que una mujer es) han sido manipulados por la ideología de género. Desde esa tribuna se han intentado –sin éxito- definiciones espurias y tramposos artilugios, que le sirvan tanto al señor de la barba que se autopercibe chica, como a la persona aquejada de una verdadera disforia de género, que necesita esgrimir su propio testimonio de lo que reclama ser. En los últimos minutos del filme, el personaje de Ruth Handler toma a Barbie de las manos y le muestra imágenes que hablan por sí solas. Una mujer es un ser humano con gónadas femeninas, que ha nacido con la capacidad potencial de ser fecundada, gestar y parir. Todo lo demás es cultural o es fashion. La definición es mía. Pero lo que Greta Gerwig hace con su película, es demostrarlo.
