Ah, porque no has visto Suro todavía, el filme español de Mikel Gurrea que marca su debut en el largometraje. Pues, hoy, que todo el mundo lleva la narrativa para allá y para acá, yo diría que Suro (“corcho” en catalán) responde a una narrativa que se posiciona desde la parcela del ecoculturismo, de la reivindicación de lo tradicional frente a la megalomanía citadina y de la misericordia antiexcluyente.
Dicho en castellano, es el filme idóneo para ilustrar lo mismo un discurso que desnuda al machismo, el chovinismo, el racismo y otras crueldades, o aquel que pretende dar la respuesta correcta, y señalar las buenas prácticas que deben conducir al mundo hacia casi cualquier modelo utilitario de justicia y equidad.
Hacer posibles los sueños del hombre natural de Rousseau, ya escalfado en las hirvientes aguas de «El segundo sexo», es una opción tentadora cuando se maldice la sociedad del espectáculo. Pero hay que tener algo más que sanas intenciones antes de plantar bandera en la finca que nos han dejado en herencia. No importa si tiene melocotones, henequén o caña de azúcar.
En tal sentido, el filme de Gurrea a veces parece que va por lana y se les escurren las ovejas. Vamos por partes. Elena e Iván acaban de casarse y recién se enteran de que ella está embarazada. De mutuo acuerdo deciden irse a vivir y poner en explotación la hacienda poblada de alcornoques, que Elena acaba de heredar. En lo que una brigada variopinta se ocupa de la faena de desprender y transportar el corcho, van también quedando al descubierto las fisuras de convivialidad de la pareja en un contexto muy salpicado de cotilleos sociales.
Los actores Pol López (Iván) y Vicky Luengo (Elena) defienden sus protagónicos con efusiva lealtad. La joven heredera está dotada de energías tales que su incipiente preñez no compromete en lo absoluto. Y este es uno de los tópicos que desmonta Gurrea: Una mujer embarazada no es un mamífero enfermo. La enorme fortuna con la que fue diseñado este personaje femenino, y la agudeza interpretativa que Luengo pone a su disposición han sido, para mí, el verdadero sostén dramático de Suro. Por su parte Iván, es la ilustración de contraportada. No obra mal, pero es puro complemento a la testosterona de Elena, siempre vigorosa y resuelta.
Drama ruralista, hasta cierto punto emparentado con As bestas (Rodrigo Sorogoyen) y Alcarrás (Carla Simon), se va corrugando –enrareciendo- en la medida que trascurre su metraje, y termina por ganarse un segundo apelativo para clasificar también como thriller. Y lo digo sin desafiar el spoiler, solo como alerta para que no cedan a la tentación de echar un pestañazo, como me pasó a mí, que tuve que virar media película para atrás buscando el detonante.
Con toda sinceridad tengo que admitir que me gustó la parquedad escenográfica y la austeridad de la puesta en escena en Suro. Creo que alcanza un perfecto equilibrio entre situaciones predecibles, elemento sorpresa y sobriedad dramática. Es una ópera prima limpia, que ha escapado milagrosamente a los naturales excesos seudoestilísticos de la mayoría de los directores debutantes. El guion fue concebido por Gurrea y el argentino Francisco Kosterlitz quienes se aventuraron a resolver el rodaje en locaciones del Alt Empordà, en la provincia catalana de Gerona.
Hasta el segundo tercio de Suro todo iba más o menos bien. Pero en el minuto en que el esquilador pasa de afilar las tijeras a extraer el vellón, la presa se le escapa ahuyentado al resto de las ovejas. Momento en el que Gurrea, vapuleado por el desconcierto de la estampida, se cree Hitchcock en Los pájaros, o en cualquier otro salvaje momento del suspensivo inglés. Por eso Suro tiene dos finales: el que era y el que impostó Gurrea. Era o la escena del baile catártico de Elena, o la de Iván con cara de espanto, que le pregunta a su amazona “¿Qué hacemos ahora?”, y ella le responde con dos testículos: “Defender la casa”.
Publicado originalmente en http://Cartelera ICAIC 2015
