
Mahsa Amini apenas tenía 22 años cuando murió en extrañas circunstancias en un hospital de Teherán, el 16 de septiembre de 2022. Aparentemente sufrió un colapso cardíaco estando bajo arresto en una comisaría. La joven fue detenida por el uso incorrecto del hijab, velo que forma parte de la vestimenta con la cual están obligadas las iraníes a cubrirse todo el cuerpo. La muerte de Mahsa Amini ha destapado una ola de protestas que incluyen la negativa a usar el velo en la calle. Justificadas en la Sharia o Ley Islámica, las vejaciones que soportan las mujeres del país, se acrecientan a partir del cinismo y la hipocresía del Estado a la hora de legislar sobre temas de interés femenino.
En medio de este clima antidemocrático y convulso, aparece Holy Spider (Ali Abbasi, 2022), filme cuyo argumento desemboca en el asesinato premeditado y alevoso de 16 mujeres a manos de un hombre que se cree llamado por Alá para erradicar la prostitución. Faltaría a la verdad si niego que se trata de una película entretenida, milimétricamente encajada en el género thriller y con una historia basada en un suceso real.
Si bien es cierto que Abbasi no se aparta un minuto del manual para conducir la historia, hemos de reconocer que el final es espeluznante. Me refiero no al destino del feminicida, sino a la reconstrucción de los hechos que hace un adolescente, al dar testimonio del orgullo que siente por ser hijo de un depredador. Esa última escena le sube la temperatura a Holy Spider, la convierte en una declaración contra la naturalización de la barbarie; descaracteriza a aquellos que se escudan en los preceptos islámicos para justificar la violencia misógina, al tiempo que deja un sabor del todo amargo sobre el futuro inmediato de la mujer en la nación persa.

Asesinar prostitutas ha sido el deporte de no pocos serial killers, empezando por Jack, el destripador. A su vez, el cine le ha sacado lascas a un tema donde la mirada suele estar más enfocada en el asesino que en las víctimas. Ahí está como epítome El silencio de los coderos. Ali Abassi no aporta nada en ese sentido, sino que sigue al pie de la letra el modelo estadounidense, aunque el contexto iraní de los años 2000-2001(en los que se ubica la trama) le confiere un carácter especial y pone un sello de denuncia muy evidente. Tanto es así que, desde el ministerio de cultura de Irán se han emitido, más que pronunciamientos airados, amenazas directas contra los involucrados en la realización del filme. De hecho, solo la participación de Alemania, Dinamarca, Francia y Suiza en la producción, así como el rodaje en Jordania, fueron decisivos en la materialización del proyecto cinematográfico.
A lo que no le encuentro ni pies ni cabeza es al premio de actuación en Cannes, para Zar Amir Ebrahimi, a cargo de un personaje marioneta, carente de autenticidad, sin argumentar, sin nutrir. Ridiculizado, además, en la escena obligatoria, aquella en la que la chica en plan detective decide jugar el rol de carnada para atrapar al criminal. Ella es una periodista que ha viajado desde Teherán a la ciudad santa de Mashhad para completar un artículo sobre la Araña Sagrada –nombre mediático dado al desconocido perpetrador- y gracias a su imprudente intervención los hechos tomarán un nuevo derrotero. Pero ella, al menos en este caso, no tiene nada relevante que mostrar. Que la película ataque el fundamentalismo religioso, la violencia contra la mujer y la corrupción policial y política no obliga a concederle premios ni valores que no ostenta.
Es natural que Abbasi acuda a un personaje femenino para intentar darle un giro a la perspectiva de la mirada, y crear un territorio de empatía con el público. Para mucha gente sigue resultando espinoso defender a una mujer dedicada al trabajo sexual; todavía más si está involucrada en las drogas. Sin embargo, Holy Spider intenta ofrecer retratos apurados pero humanizados de cada una de las víctimas.
Un grupo de mujeres vestidas de negro se manifestó en la misma alfombra roja de Cannes (2022) durante la premier de Holy Spider. Lanzaron granadas de humo, mientras levantaban una pancarta con una lista de 129 nombres de mujeres asesinadas por su pareja en Francia, desde el festival anterior, a la fecha. Lo cual señala que el feminicidio no es un mal de países pobres o de mujeres con cierto estilo de vida. Es una práctica bochornosa de la raza humana, hija de las sociedades patriarcales en las que todas vivimos y en las que, muchas veces con impunidad ante el abuso, reina la dominación masculina.
Publicado originalmente en Cartelera de Cine y Televisión
