Bardo, Alejandro González Iñárritu

Bardo, que te mueva mi dolor…[1]

Si las primeras imágenes de Bardo, falsa crónica de unas cuantas verdades (2023) no fueran suficientes para entender que estamos frente a un filme capaz de mezclar surrealismo y vida cotidiana en la misma desproporción, entonces remitámonos a la escena ante-créditos. Un bebé de nombre Mateo, sugiere a sus parteros que prefiere regresar al útero antes que enfrentarse a una vida riesgosa en un mundo caótico. De modo que los médicos lo reinstalan vagina adentro, de regreso a las entrañas de la madre que lo parió.

Toda la cartografía emocional del más reciente título del director mexicano Alejandro González Iñárritu, se expresa en la tragedia de ese feto semi-nato o recién nacido semi-feto, que obliga a su madre a arrastrar un cordón umbilical sangrante por los pasillos de un hospital obstétrico.

Por esto y más Bardo es una película brillante y opaca al mismo tiempo. Hilarante, turbia, espeluznantemente sincera, que disimula sus pretensiones estéticas con un extremado buen gusto. Movida entre las antípodas de un simulacro pastichero –la fallida escaramuza de los Niños héroes de Chapultepec- y un abominable diálogo entre el protagonista Silverio Gama y el espectro de Hernán Cortés.

Como yo lo veo, Bardo, falsa crónica de unas cuantas verdades, es el resultado de las elucubraciones socio-históricas que atormentaban a Iñárritu y que él necesitaba exfoliar de sus archivos sentimentales. Para ello, se disfraza de Silverio Gama (Daniel Giménez Cacho) un triunfante periodista y documentalista de origen mexicano, que se prepara para recibir un importante premio en Estados Unidos, donde hace 15 años trabaja y vive con su familia: su esposa Lucía (Griselda Siciliani), su hija mayor, Camila (Ximena Lamadrid) y Lorenzo (Íker Sánchez) su hijo de 17 años.

La película, divertida y falaz, confunde y se confunde con la presentación del docudrama que Silverio ha venido a mostrarle a sus coterráneos. De manera que, entre ficción, postficción, desvaríos, sueños vívidos y autoparodia, Bardo… complica el anudamiento de su narrativa. Pero, al mismo tiempo, genera niveles de sugestión e intriga argumental muy de agradecer. Toda esta recombinación de anécdotas y prolegómenos visuales ensartados en una trama circular y redundante, son hábilmente resueltos por una fotografía prolija (Darius Khondji) y un ejercicio minucioso de montaje, a cargo del propio Iñárritu y de Mónica Salazar.

El texto dialoga consigo mismo, tiene carácter autotélico, fragmentario. Se autopiensa y autoconstruye en la medida en que se profiere. Incluso se permite sugerir que es un mockumentary o falso documental. Y mientras desflora su encaprichado puzle, comenta la deplorable situación social del país: el servilismo gubernamental y su genuflexión frente a Washington, el narcotráfico, las desapariciones, la violencia contra las mujeres, la indolencia ciudadana y la debacle migratoria en la frontera con USA. A nivel más íntimo vuelca la mirada hacia las deudas y pérdidas filiales, la brecha generacional, la senilidad y el desamparo en la vejez, la amistad y la fidelidad, la mexicanidad y con ello la identidad como concepto mutable, anclado a un sentimiento de pertenencia a un sitio que se reconoce como hogar, más allá del orgullo patrio y de la lengua materna.

Pese a su dilatado metraje, recomiendo espabilarse en las siguientes escenas: La supuesta visita al estudio de televisión donde Silverio había iniciado 20 años atrás su carrera periodística, y donde la maquillista concluye: “Aquí en la televisión no hay héroes. Todos tragamos mierda parejos. Estamos aterrados de perder lo poquito que tenemos.” La discusión con Lorenzo cuando este le grita: “¿A quién le importan las raíces? Todos venimos de algún lugar.” La conversación con su antiguo amigo y colega Luis, donde Silverio vuelve a sacar el tema de lo que él califica como “nacionalismo chato, provinciano y patriotero”. Así como el instante, visual y conceptualmente tremendo, de la conversación alucinada con el padre. No menos significativo hacia el final, el incidente con el empleado de aduanas en el aeropuerto de entrada a USA.

Iñárrritu ha regresado a filmar más de 20 años después de su debut en suelo azteca. Más allá de que nadie es profeta en su tierra, la cinta ha levantado ronchas y críticas a determinado flujo egocéntrico o destilado narcisismo atribuido a Iñárritu. ¿Y qué? Yo creo que puede ser todo lo ególatra que se le antoje a los 59 años, con dos Premios Óscar consecutivos (Birdman en 2014 y The Revenant en2015, películas que, dicho sea de paso, yo misma no soporto) y otros lauros por sus filmes Babel y su primogénita Amores perros ¡Por favor!  Un hombre que ha dirigido con éxito a grandes estrellas del celuloide: Gael García Bernal, Sean Penn, Benicio del Toro, Javier Bardem, Cate Blanchett y Brad Pitt, entre otros, puede permitirse ciertas majaderías.

Claro, Bardo sorprende en un mundo adaptado a historias de héroes o antihéroes, siempre señores al mando e hirviendo bravuconadas al son de sus triunfos o desgracias. Jamás disminuidos en su potencia hormonal; ni como Silverio, desnudos, falibles, vulnerables, rumiando su malicia, sus complejos, su síndrome del impostor y su  neurosis convertida en ese feto omnipresente que no se atreve a dejar ir.

Por cierto, se me olvidaba la escena de la fiesta en la que Silverio cree liberar su ADN latino al son de “Aguanile” y “La pava congona”. Sin embargo, cae en trance arrebatado por Let´s dance de David Bowie. Me encantan los hombres que, femeniles y sensuales, bailan solos cualquier cosa, enloquecidos y borrachos.


[1] Del estribillo de Bardo, composición de Ignacio Piñeiro.

Pulicado originalmete en Cartelera de cine y video

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