
Un poco harta ya de los dramones de Almodóvar, he llegado a consolarme pensando que Pedro se acerca a Woody Allen, como Vicky Cristina Barcelona se acerca al universo temático del manchego. Se arrima a Woody Allen sin su verbalismo intelectual, sin el refinamiento esquizoide de sus personajes, sino con los reposados ademanes clase media que suele preferir el autor de Midnight in Paris. Al menos, han comenzado a compartir ciudades y elenco.
En Madres paralelas (2021), Janis es una exitosa fotógrafa publicitaria que, sorprendida por un embarazo inesperado, decide ser madre soltera. Ana también pare en soltería, y arrastra el desarraigo de no haber sido, ella misma, una hija deseada. Su madre actriz, coloca su ambición profesional por encima de todo, cuando por fin es llamada a representar Doña Rosita la soltera. El director ha puesto sobre el mismo tapete la memoria histórica en torno a la Guerra civil española y el mundo del teatro con los displaceres lorquianos de las solteronas y la infertilidad.
A estas alturas hace mucho tiempo que ha desaparecido lo escatológico, lo soez y lo kitsch del cine Almodóvar. Nada queda de la espontaneidad burlesca y grosera de sus primeras cintas (Pepi, Luci, Bom y otras chicas del montón, ¿Qué he hecho yo para merecer esto?). Y para limpiar su imagen de todo el engreimiento estilístico que se le llegó a atribuir, y de toda el aura autorreflexiva y metafórica que se le quiso endilgar a sus filmes de “madurez”, declaró un día: Yo soy antintelectual, transparente, nada denso y muy poco complicado…*
Entre las paranoias argumentales que acosan e impulsan a Almodóvar hacia el plató, la ecuación verdad versus mentira es la más y mejor invocada, propuesta desde el enrevesado contexto de la familia disfuncional. En Tacones lejanos, mentiras; en Todo sobre mi madre, ocultamientos y subterfugios verbales. En Hable con ella, engaño a mansalva y en Carne trémula el apocalipsis de todas las trampas, embustes y farsas, con la peor de todas las autoficciones: la de una joven que, sumida en un pantano de culpa fabricado por el azar, cree poder vivir la plenitud del sexo olvidando el sexo a plenitud.
En Madres paralelas también se cuece la mentira. Paralelismos aparte, Tacones lejanos, Todo sobre mi madre, Hable con ella y Carne trémula concentran todo lo que me interesa de él, todo lo suyo que me hace estremecer, recordar, llorar o reír. Su mundo de yonkis, travestis, transexuales, delincuentes, prostitutas, violadores y misóginos. Pero también sus mujerazas, ya sean guarras, toreras, sufridas, inestables, respondonas, pasionales, empoderadas, justicieras, vengativas o palurdas.
Junto a la preminencia que ha ido ganando el mundo hetero cis, en la obra del realizador español, hay un grupo de subtópicos que sobreviven con igual insistencia en Madres paralelas; la mujer violada, el mundo de la publicidad, el conflicto madre-hija, el individualismo bordeando la egolatría, la ambivalencia sexual femenina, y los problemas de mujeres frente a hombres que continúan padeciendo una paternidad perniciosa, empeorada por el abandono.
Como siempre, muy celoso de la imagen, Almodóvar reparte la ambientación de las locaciones entre contemplativos Sorollas y humeantes fotos de cariz etnográfico. Luz en clave alta y colores saturados todavía recuerdan su venerada estética pop y denuncian estados anímicos contrastantes. Algunos objetos inquietan por la breve asimetría de su disposición o por su sobredimensionamiento en el plano detalle. Elegantísimos fade out, convertidos en iluminaciones de Artemisia Gentileschi antes de desaparecer, van marcando los punto y aparte.
Los finales Almodóvar prueban una sincera vocación melodramática con visado de culebrón. En Tacones lejanos Rebeca queda a salvo en las protectoras manos del juez que la ama; en Todo sobre mi madre, Manuela se consagra al bebé huérfano, como resarcimiento por la muerte de Esteban; en Hable con ella, la joven sale del coma y se empareja con el tipo que obra de galán, y en Carne trémula, Elena se casa con el joven bueno e inocente que siempre la amó. Este cierre compensatorio acompaña un sacrificio, una muerte, un despojo, el torcimiento fatal de otro u otros personajes que han cedido su suerte a quien más parece merecerla.
Cine cansado de sí mismo, privado de nostalgias por lo histérico, el exabrupto, la parodia, el tono hilarante. He vuelto a Todo sobre mi madre. A llorar devastada por la autenticidad de una Cecilia Roth que grita su dolor fuera de sí y fuera del plano. Nadie habría podido sospechar qué pasaría después. No sé si el Almodóvar actual va cuesta abajo o se mantiene en meseta. Ya no se fraguan chicas Almodóvar, mientras Penélope Cruz –prodigiosa siempre- no acaba de envejecer.
*Rufo Caballero. Rumores del cómplice. Letras Cubanas. La Habana, 2000, p. 63
