
No me culpen de amar al cine coreano, el del sur. Con su Park Chan-wook y su Kim Ki-duk. La más bella historia de amor llevada jamás al cine se llama A frozen Flower (Yoo Ha). Más hermosa, más trágica, más lúcida y mil veces más desgarradora que Romeo y Julieta. Shakespeare, desde el cielo y muerto de envidia, sabe que no miento. No conozco un personaje más intenso y desgraciado que ese rey, locamente enamorado del jefe de su guardia personal.
Aun renegando del nihilismo de Parásitos (Bong Joon-ho), que comparada con la japonesa The Shoplifters (Hirokasu Kore-eda), no le llega ni al tobillo, en los mejores filmes coreanos encontré lo que me merezco, lo que me incita a ver el cine por el cine mismo.
Mi primer encuentro con Hong Sang-soo fue en Lo tuyo y tú, cinta cuyo guion, producción, dirección, fotografía, edición y música están a su cargo. Lo mismo que en The woman who ran, ganadora del Oso de Plata al mejor director, en el 70 Festival Internacional de Cine de Berlín, y en Introduction, que le valió el Oso de Plata al Mejor guion en la edición 71 de ese mismo festival.
Sang-soo tiene una recia formación profesional en artes cinematográficas. Debutó a los 35 años con el drama The Day a Pig Fell into the Well (1996) que recibió numerosos premios mientras transitaba por varios festivales del mundo. Y por lo que he visto de su obra, tiene la capacidad, rara entre los directores, de desarrollar personajes femeninos con tal pericia que sus argumentos siempre atrapan gracias a la autenticidad que logran transmitir sus heroínas.
Brillante otra vez en la praxis de aquellas seis especialidades del cine, Sang-soo vierte en La película de la novelista (2022), una historia que reúne a escritores, poetas, artistas y cineastas; sus incomodidades, reticencias y petulancias. Pero también sus angustias, recelos y ensoñaciones. La novelista Jun-hee (Lee Hye-young), se siente algo desmotivada. Declara que ha perdido la fuerza para escribir. Está como en una especie de bache creativo. Sin embargo, se anima a incursionar como directora de su primer filme, inspirada por su admiración hacia Gil-soo (Kim Min-hee) una joven y famosa actriz.
En franca renuncia a convenciones y tradicionalismos procesuales, la cinta empieza con un plano centrado en la fachada de una librería modesta. La siguiente imagen es la mano enguantada de una mujer que se aproxima a la carátula de un libro en un estante; pero el gesto es cortado por una discusión estridente que se produce fuera de campo. La próxima escena resolverá la intriga planteada y revelará al espectador, la imposibilidad de prever los giros posteriores del relato.
Rodada en un vibrante blanco y negro hasta la penúltima escena, esta película reitera los principales caprichos creativos de Sang-soo. Su persistente negación del modelo clásico lo inclina hacia la estética del cine moderno, y de una personal interpretación de lo que cierta Nueva Ola pudo inspirar a posteriori. Su método consiste en pequeñas travesuras estilísticas donde se pierden las jerarquías, los fundamentos y la ortodoxia que gobierna el uso tradicional del lenguaje cinematográfico.

Prefiere la toma fija, con acercamientos y alejamientos (zoom-in y zoom-back) lentos, y muy discretos paneos de cámara para acomodar el encuadre a la movilidad de los actores en el set. La dirección de arte está obligada a invisibilizar su faena, para evitar que el espectador se distraiga acumulando lecturas adicionales innecesarias. También Sang-soo recupera el misterio antológico del plano americano, con el que sostiene escenas de casi diez minutos en los que tres personajes conversan, así, como si estuvieran esperando la guagua. De esto y de aquello. Trivialidades, rememoraciones placenteras, proyectos inmediatos o incluso, falsos halagos que ocultan resentimientos y antipatías.
Amparado en una focalización externa, que se limita a informar lo que la cámara ve, surge lo metanarrativo. Dígase la disertación de la escritora, cuando explica el tipo de cine que le gustaría hacer. Paradoja autorreflexiva que esgrime Sang-soo a través de ella. Al final, la joven actriz Gil-soo, en su doble condición de personaje y persona se dirige al presunto y real director y lo interpela a cerca del tipo de filmación que está haciendo.
La edición es cronológico-causal. Ni siquiera acoge efectos de alternancia. Tampoco hay conflicto explícito. La novelista va viviendo su día al calor de las pequeñas trampas, sorpresas o provocaciones que surgen espontáneamente y que se resuelven en el curso de la propia escena.
Un detalle: no voy a decir que es feminista, pero no se traiciona un ápice de lo que espero se diga de nosotras. Si bien representa la clase media, intelectual, bohemia, culta, estas mujeres ya desprendidas de la tutela masculina son capaces de encararse con cualquier tipejo, como lo hace la novelista en estupenda catarsis frente al hipócrita de turno, sin que le tiemble el párpado. Mérito de Sang-soo, su probada sensibilidad para atrapar reacciones humanas. Parece increíble que, pese a tal transparencia y voluntaria simplicidad, se pueda hacer una obra tan temeraria, atinada, sutil y profunda.
