Avistamientos y malos demonios en Tundra

Tito, un muchacho en la flor de los veinte y pico de años, botea usando el carro de su madre, y comete asesinatos para obtener medios con que ayudar a la economía doméstica o a una amiga en apuros. Dicho así no parecería nunca la sinopsis de un filme cubano. Tal vez argentino o español. Sin embargo, este es el núcleo o plot dramático sobre el que se erige Los buenos demonios (Gerardo Chijona, 2018) una historia cuya fortaleza está concentrada en el desenvolvimiento actoral de un auténtico galán latino: Enrique Almirante. En él trepida la belleza imprescindible de aquellos chicos almodóvar que en su época fueron Antonio Banderas y Liberto Rabal; así como la capacidad de generar rápida empatía y transmitir emociones recónditas, sutiles pero ardientes, aptitudes estas muy escasas en el cine cubano, sobre todo entre los actores jóvenes. 

A partir del guion escrito por Daniel Díaz Torres y Alejandro Hernández, la de Chijona es una película con un raro encanto: no es un thriller, no es una comedia, no es un drama social, ni mucho menos un melodrama. Es una película que transcurre como un pedazo de realidad puesto bajo el lente prodigioso de Raúl Pérez Ureta. Sin pretensiones, sin moralejas, sin final.

Se nota que es una cinta del ICAIC en su estatismo planimétrico, en la frontalidad de sus encuadres y en su falta de audacia estilística. Pero lo que me atrae de ella es su enfoque de la sociedad cubana actual. En la primera secuencia del filme un turista español va sermoneando a Tito, el chofer, sobre las iniquidades sociopolíticas del primer mundo, y las bondades inconmensurables del socialismo cubano, al paso que vemos La Habana nocturna, desde una subjetiva del taxi. Es obvio que la cámara está emplazada en el lugar de una entidad ficticia, el auto, desde cuya perspectiva se alcanza a ver escenas que son el contrapunteo perfecto a la perorata del turista.  Al régimen denotativo de lo que narra la voz en off se opone la fulminante lectura que plantean las imágenes de la cotidianidad mundana.

Ni comedia ni tragedia, pero sí mucho sarcasmo

Dentro de esa misma estrategia discursiva se moverá todo el filme, de modo que las antípodas serán su sustento expositivo, en cualesquiera de las dimensiones en que se mire el relato. Por ejemplo, Tito es un asesino, pero es también un hombre sensible, solidario, amoroso, sereno, pacífico. Su madre (Isabel Santos) es una médica preocupada por el bienestar de sus pacientes y por lo que ella estima debe ser la felicidad de su hijo; sin embargo, es también egoísta, mezquina e hipócrita.

La película misma se niega a insertarse en un género determinado Aunque coquetea con la comedia no se desborda por ese canal, sino que sigue un trillo más dramático que culmina de modo abrupto e intencionalmente anodino. Uno de los eventos donde mejor se evidencia esta dicotomía anímica y especulativa de Los buenos demonios, es en el encuentro de Tito con los militares que lo despojan de sus tenis Reebok y de su reloj Viceroy. Enseguida el episodio se repite con un efecto de contraste y redundancia para completar la visión que se nos quiere transmitir de las fuerzas del orden público: no solo pueden ser corruptas, sino también torpes y obtusas. Por si fuera poco, mientras se plantean desde una objetividad crítica, situaciones sociales delicadas y complejas, la televisión nacional se empecina en transmitir reportajes acerca del presunto arribo de extraterrestres a la isla.

El amor en los tiempos de Chijona

Volvamos al galán. Tito ha interrumpido sus estudios de arquitectura para ganarse la vida. No confía en que una vez graduado pueda ser útil en la reconstrucción de una ciudad demasiado abatida por la desidia y el tiempo. Pero lo mejor de Tito es que se ha enamorado de Sara (Yailene Sierra) que puede ser su madre…, pero no lo es. Esa atracción por la vecina madura la va demostrando el personaje de modo paulatino y creciente. Cuando llega por fin la escena en que se le declara, dice lo que tiene que decir, con el embeleso de un enamorado y el natural deseo en la mirada.

Ella no se lo cree, pero se ha bajado de su silla y se ha sentado a la par que él, a su lado, en el suelo. A Sara no le importó que fuera un hombre mucho más joven que ella. El día que descubra que ha matado por dinero a tres personas, tampoco le va a importar. Romper el tabú del amor sexual entre una mujer madura y un hombre joven es ya bastante para un cine cubano oficial senil, anquilosado y machista. Me alegra que Chijona se atreva a tanto a estas alturas: chapeux!

No menos sorprendente es la capacidad del director para captar esa falacia cotidiana, propia de ciertos individuos, que no son buenos ni malos, -de ahí el título «los buenos demonios»-. Tal es el caso de Rubén (Vladimir Cruz), que ha sido combatiente internacionalista, ladrón, y ahora es “empresario” cuentapropista. Llega a decir con plena convicción: “Yo ahora soy súper tolerante, con mis exmujeres, con los maridos de mis exmujeres…, hasta con los maricones”. Mas, su tolerancia licantrópica se desmorona cuando siente aguijoneada su hombría, sobre la base de que el dueño del ternero es el dueño de la vaca; porque Rubén es el exmarido de Sara, con quien tiene un hijo que acaba de irse a estudiar al extranjero.

El varón puede ser tóxico, el argumento, no

Este tipo de relato centrado en las vivencias de un hombre, y narrado desde una perspectiva masculina no hegemónica, me ha fascinado. Muchos cineastas logran contar historias protagonizadas por un varón que, incluso puede ser un tipo tóxico supurando machismo a diestra y siniestra; pero a nivel narrativo sus películas transparentan una visión autoral propositiva, desmarcada de esencialismos de género. El más polémico y deslumbrante de todos los que conozco, Lars von Trier, en cuyos filmes eleva a otro nivel cualquier diatriba sobre la peculiar concepción de sus personajes femeninos y masculinos.

En el caso de Cuba, son los realizadores independientes los que, con más desenfado y sentido del riesgo, logran el registro de personajes no sujetos a los estereotipos de género que han marcado la historia del cine y la mirada del espectador tradicional. Algunos nombres notables como Carlos Lechuga (Santa y Andrés), Fabián Suárez (Caballos), Alán González (La profesora de inglés) Machado Quintela (La obra del siglo), Miguel Coyula (Cucarachas rojas). Me remito solo a directores, habida cuenta de que las directoras, como tendencia, se expresan a través de un discurso antimachista y antipatriarcal por antonomasia.

Sin embargo, en otros, persiste el enfoque de la realidad desde y hacia territorios donde el sujeto femenino vuelve a ser colocado como trofeo, como fetiche, como ente diabólico, vampírico, satánico y mentecato por añadidura. Así me ha parecido el planteamiento del cortometraje Tundra (2021), con guion y dirección de José Luis Aparicio (Sueños al pairo, 2021). Su protagonista, Walfrido Larduet (Mario Guerra), trabaja en una entidad pública que controla el consumo electro-energético de la población, y sufre alucinaciones con una voluptuosa mujer que viste de rojo, alias Kirenia Natasha (Neisy Alpízar). Cuando por fin logra tenerla frente a sí, en la tangible y procaz realidad, comprobamos que es una estúpida, carente del más mínimo pudor intelectual, una lerda, en potencia.

Bajo la superficie una mala mujer acecha

Debo reconocer que, en Tundra, la sicología de los personajes, así como su diseño es perfecto. Los diálogos están muy bien articulados y apoyan la atmósfera surrealista de los escenarios y el desánimo existencial que domina al protagonista. Bajo el título tan pérfido como insinuante de Tundra se describe el drama que domina a un hombre cansado, decepcionado, cuya vida está marcada desde el espacio exterior por una lluvia de pasquines, que preconizan la obediencia por todas partes. Mientras que, en su intimidad, quien domina es el fantasma de una mujer apenas cubierta con un chifón rojo; enervante aparición que perturba su vida sin darle ni satisfacción ni reposo.

No menos pertinaz se comporta la adolescente (Laura Molina) que persigue al funcionario con el objetivo de sobornarlo para evitar que su familia sea multada por uso ilegal de la electricidad.  Ladina, como la serpiente bíblica, la muchachita lo importuna en la realidad con la misma obstinación que la dama de rojo en el plano etérico. Finalmente, logrado su propósito, se revela como una futura encarnación luciferina, heredera y epígono del espectro que hostiga al empleaducho.

Un tanto inhóspita, con un ecosistema subglaciar, nevado y musgoso, «terreno yermo y desarbolado» según la etimología finlandesa, la Tundra de Aparicio es una suerte de metáfora que amalgama su escasa biodiversidad con una amenaza latente: el carbono contenido en los grandes depósitos del subsuelo, que se mantiene congelado incluso en el verano, gracias a lo cual no escapa el gas contaminante.

Deslumbradora como el sol de medianoche de la tundra polar, esta Tundra nos recuerda que nos acechan el calentamiento global y los rayos ultravioletas. Dicho en otras palabras: Ella que baile y se contorsione como una odalisca, mientras un horrendo bicho, un Gregorio Samsa virtual, amenaza con invadir el espacio doméstico de Walfrido y hacer eterna su pesadilla erótica.

Publicado originalmente en IPS https://www.ipscuba.net/espacios/avistamientos-y-malos-demonios-en-tundra/

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