
No tengo la menor duda de que Belfast (Reino Unido, 2021) es una película decente, correcta y hasta entretenida. Es la película que yo le recomendaría a cualquiera que no me conociese ni supiera a qué me dedico desde el punto de vista profesional.
Es más, escogí verla con la malévola añoranza de volver a oír sobre la huelga de hambre que sostuvo un grupo del IRA (Irish Republican Army) prisionero en 1981; noticia que mantuvo en vilo a mucha gente alrededor del globo terráqueo, y terminó por cobrar la vida de diez de aquellos convictos. Sin embargo, tal suceso no le quitó jamás el sueño a la Primera Ministra Margaret Thacher. En aquella época yo era apenas una adolescente para la cual el mundo se dividía en ricos y pobres, burgueses y proletarios, la izquierda y la derecha, capitalismo y socialismo, creyentes y ateos. De modo que, en mi visión binaria del mundo sociopolítico, si Margaret Thacher era mala, el IRA era bueno. De haber seguido atada al mismo esquema dicotómico jamás hubiera entendido un filme como este.
Sin embargo, si bien Belfast extrae su argumento del escabroso contexto que imperaba en Irlanda del Norte en 1969, describe solo tangencialmente los acontecimientos ocurridos en agosto de ese mismo año y que han sido considerados el punto de arranque del llamado conflicto de Irlanda del Norte, popularmente conocido como «The Troubles»
Con guion, producción y dirección del norirlandés Kenneth Branagh, este drama con pespuntes de comedia sentimental, dobladillo bélico y escote autobiográfico, cuenta las peripecias, tribulaciones, dudas, pesadumbre, sorpresas y primer amor de Buddy, un niño de familia proletaria, habitante de un barrio obrero de Belfast. Su padre (Jamie Dornan, Cincuenta sombras de Grey) es un ensamblador que trabaja en Inglaterra y solo está en casa los fines de semana. Su abuelo fue minero. Y su madre (Caitriona Balfe, Outlander), como su abuela, ama de casa y sostén sicológico y físico del hogar.
Al calor de los disturbios callejeros, expresión de enconadas diferencias entre católicos y protestantes, Buddy siente que su mundo va girando en una espiral de situaciones que le plantea a la familia una inaplazable disyuntiva.
Para mí, lo más auténtico es la relación de los padres. En el más puro estilo tradicional se profesan romántico amor, se pelean, se apoyan, discuten, disienten y ella termina aceptando que, si bien el único horizonte de su vida empieza y termina en Belfast, las circunstancias exigen tomar un rumbo que pueda garantizar el bienestar de su prole.
En términos de imagen, cabe señalar que el director de fotografía Haris Zambarloukos (Sleuth, 2007) resuelve con un límpido blanco y negro, solo diferido en los instantes en que la familia va al cine a ver un soberano bodrio protagonizado por la sex simbol de aquel momento, Rachel Welch. Precisamente un filme a color, una historia imposible –en términos estrictamente científicos- ubicada en el paleolítico, sobre espeluznantes dinosaurios y homo sapiens de sospechosa rubicundez, abocados a un encontronazo darwiniano.
Igual de simplona y picúa se torna en ocasiones Belfast. Quizás la salva el carisma de Jude Hill en su interpretación de Buddy. No lo hace nada mal. Y, vamos, donde aparezca un niño rubio, pecoso, ojiazul y simpático, los daños colaterales parecen minimizados.
La música de Van Morrison endosa el necesario oasis rítmico que una obra como esta, tan planimétrica y redundante, exige para redondear las secuencias y ayudar en la puntuación dramática. Lo demás es oficio, presupuesto y nombre.
Realizador de cintas tan desemejantes y de polémico resultado como Mary Shelley´s Frankenstein (1994), adaptaciones de la tragedia Hamlet (1996) y la comedia Mucho ruido y pocas nueces (1993), ambas de Shakespeare, así como Thor (2011), el célebre realizador británico ha llevado en paralelo su trabajo en la televisión y el teatro como actor y dramaturgo.
Lo mismo que Buddy, cuando Branagh tenía 9 años, su vida cambió: sus padres decidieron abandonar el violento escenario de Belfast y trasladarse a Inglaterra, donde el jovencito se destacó jugando rugby y futbol, aunque ya sabemos que su destino sería otro.
En Belfast Branagh lo dice sin mucha sutileza, porque lo vivió en carne propia: a veces no te dejan simplemente hacer tu vida. Te exigen definición, comprometimiento y te venden la violencia como camino. En ciertas escenas del filme se establece un paralelismo visual entre cintas del oeste americano y lo que ocurre en la fatídica calle donde conviven personas que miran al mismo Dios desde diferentes perspectivas. La necesidad de escapar ya sea a Vancouver o a Sydney parece una mejor opción antes que cargar con el San Benito de haberle disparado a Liberty Valance.
