‘Ni un paso en falso’. Tirarse con la guagua andando


Imagínate que Detroit, la ciudad más importante del estado de Michigan, es conocida como Motor City porque a principios del siglo XX se convirtió en la capital automotriz del mundo. Allí se asentó el oligopolio manufacturero integrado por la General Motors, con su catálogo de marcas que incluye a Chevrolet, Buick y Cadillac, entre otras; así como la emblemática compañía de Henry Ford y la fundada por Walter Percy Chrysler. Toda esta gente, a la que se sumó American Motors Corporation en 1954, se pusieron de acuerdo para impedir que se añadiera un convertidor catalítico a la fabricación de autos.

La nueva tecnología tenía por objetivo reducir la contaminación ambiental provocada por los vehículos. No obstante, implicaba un gasto adicional que los magnates del automovilismo no estaban dispuestos a asumir.


En 1930 había llegado a Estados Unidos Eugene Houdry, un ingeniero francés que patentó un convertidor catalítico capaz de poner coto al smog industrial. A mediados de la década de 1950 ya era prácticamente posible desarrollar y producir la pieza que filtraba los gases tóxicos emitidos por el motor de gasolina empleado en autos. Así las cosas, en 1954, alguien contrató a un par de matones para secuestrar el documento técnico que describía el adminículo, su construcción y funcionamiento. Este es el pollo del arroz con mango que, cocido a sazón completo, da como resultado Ni un paso en falso (No Sudden Move, Steven Sodergergh, 2021).


El protagonista es el gánster y ex presidiario, Curt Goynes (Don Cheadle) y el coprotagonista, otro matón, Ronald Russo (Benicio del Toro). Pero en el fondo son gente noble; obligada a delinquir para buscarse la vida. Muchachones que crecieron en circunstancias adversas y que carecen de la cultura y la instrucción necesarias para optar por una vida modesta y honesta, antes que por el mundo del hampa. Y digo “muchachones” de puro cariño, pues ya están más que maduros, ajados por el implacable machacar del tiempo, Benicio y Don Cheadle.


No hay un gramo de perversidad en Goynes; en Russo, no sabemos; pero está en aprietos económicos. Casi al final del filme confesará que quiere algo estable para vivir, sus mejores días ya han pasado, y muy listo no ha sido. Ha perdido juventud, velocidad y olfato. Russo es tierno, malcriado, simplón. Lleva en la frente tatuada su malaventura.
Como pareja dramática funcionan. Tampoco son Travolta y Samuel L. Jackson en un clásico de Tarantino; pero clasifican en un filme sin demasiadas pretensiones estéticas ni altanerías discursivas.

A partir del punto en que Goynes y Russo se unen para sacar provecho del percance y proteger sus vidas, sucede una serie de hechos: alguien roba el documento; ocurren varios pactos unilaterales entre diferentes facciones de la mafia y negociantes diversos; matan a un tal Frank Capelli (Ray Liotta) cuya mujer es amante de Russo; el hijo de un empleado confiesa al detective la verdad de lo sucedido en su casa; el detective parece decente, pero, ¿lo es?

En medio de sucesivos actos de traición, los pactos se desvanecen apenas pronunciados. Goynes y Russo se reúnen con el verdadero magnate (Matt Damon) dispuesto a pagar por el documento. Traicionan a Russo. Goynes también es traicionado; sí, pero no.


Este almohadón colmado de acciones viene en funda estrecha y monocroma; es decir, Ni un paso en falso, se circunscribe a situaciones muy básicas y arroja perfiles sicológicos bastante chatos. Es un filme de narración lineal y unidades episódicas no muy claras. El motivo traición repercute por toda la trama. Avanza sobre los habituales rieles del cine de intriga, crimen y suspenso. Un par de muertos, un pliego invaluable que termina partido en dos mitades, la mujer fatal (tema con variaciones) e infidelidades por doquier.


Resulta una licencia del género (entre gansteril y noir) que el héroe sea negro y cumpla sus aspiraciones. Sobre todo, teniendo en cuenta que Michigan fue cuna de la Black Legion, un grupo supremacista blanco variante del Ku Klux Klan, a quien se atribuyó el asesinato del padre de Malcom X. Desde la primera mitad del siglo XX, eran frecuentes allí los enfrentamientos raciales, en los que la población afroamericana llevaba la peor parte.


Seguido y aupado por fieles admiradores, a Steven Soderbergh, le sobran horas de vuelo como para intentar engañar a nadie con este capricho otoñal. No pudo haber tenido mejor debut cinematográfico al ganar la Palma de Oro en Cannes con ese brillante filme que es Sex, Lies and Videotape (1989). Productor, guionista, director de fotografía, editor y director de cine, Soderbergh se ganó un Oscar en 2000 por Trafic. Pero no siempre es posible llevarse el gato al agua. Ahora, que lo arrullen el aplauso de sus fanes y el crujiente sonido de las rositas de maíz.

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