
En medio de una apartada geografía, muy al noreste del Estado de Nueva York, vive un matrimonio joven que acaba de perder a su hijita de 4 años. The World to Come (Mona Fastvold, 2020) nos ubica en pleno siglo XIX, en una localidad de colinas semiboscosas, de inviernos largos e intensos, con una o dos familias por kilómetro cuadrado, que viven principalmente del pastoreo. Allí, la gente se muere de enfermedades curables como la difteria, de un accidente doméstico o por causa de una tempestad de nieve que te sorprende a la intemperie, en medio del camino a casa. La vida vale poco, dentro de una estructura social de capitalismo incipiente, y un falocentrismo estructural asombrosamente ajustado a la inclemencia climática de la región.
Así las cosas, llega Tallie (Vanessa Kirby), con su hermosa cabellera pelirroja suelta al viento, que enamora a Abigail (Katherine Waterston). Sus respectivos maridos Finney (Christopher Abbott) y Dyer (Casey Affleck), son dos soberanos prototipos de granjero macho man, con personalidades diferentes; pero con los mismo varoniles reclamos, abusos e imposiciones, que cualquier otro espécimen machotero de cualquier época y lugar.
Inventarse una película atractiva con estas premisas es todo un desafío cuando tenemos como texto inicial el cuento homónimo de Jim Shepard, autor también del guion junto al novelista Ron Hansen. Shepard es un autor multitemático que se destaca por escribir desde el punto de vista de personajes muy diversos y de variadas nacionalidades. En el filme casi todo el tiempo se impone su narración desde el privilegio autodiegético de Abigail; lo cual revela sus capacidades escriturales con la misma claridad que su impericia para salirse de la mirada masculina, especialmente en el tratamiento de Tallie, presentada como la típica oveja negra (pelirroja en este caso), que se atreve a transgredir las normativas de un mundo pensado por y para regocijo de los hombres.
De ahí que se castigue a ambas infractoras, adecuando la pena al grado de desobediencia. No es lo mismo negarse a tener hijos, rechazar el coito marital, desatender la casa y caer en infidelidad lésbica, que sucumbir a una pasión “impura” después de haber gestionado con cierta calidad esos mismos mandamientos. La muerte de su hija apartó a Abigail de la Iglesia, y una crisis de fe en estos casos es comprensible. Acaso Abigail es mostrada en un estado de vulnerabilidad, y en un ambiente donde ella tiene escasas posibilidades de elección. La escena en la que ella compra la prenda que pondrá fin a la negrura de su luto es ejemplar: solo cuelgan tres piezas grises y el llamativo vestido azul que grita “escógeme”.
En cuanto a Ron Hansen, se ha dicho que los temas católicos de amor, redención y resurrección son frecuentes en sus novelas. El nivel de moralidad cristiana que imprime a sus relatos no implica menoscabo a su matrimonio con el escritor Bo Caldwell. Ese tufo a pecado manumitido que exhala el ambiente espiritual de Abigail, tiene quizás, un soporte extradiegético: Hansen fue ordenado diácono permanente de la Iglesia Católica a principios de 2007.
En la primera conversación entre las vecinas, la cámara insiste en planos cerrados sobre el cuerpo de Tallie, recorre suavemente su rostro como instrumentalizando su belleza. Su pelo, la tonalidad rosa de su piel, “me desconcertaba tanto que tenía que apartar la mirada”, dice Abigail, cuya voice over es solo de puro trámite. Su apreciación se limita a lo físico en primera instancia, tal como se ha contado desde la mirada masculina el deslumbramiento del hombre ante una hermosa mujer. En lo adelante quedaremos expuestos a toda clase de comentarios manidos en torno al matrimonio.
La aspiración de una persona a estar junto a otra, compartir todos sus momentos incluyendo los sexuales, eso puede ser amor, pasión, antojo, deseo, fantasía, o simplemente ganas de pasarla bien. Este último parece ser el caso de Tallie. Sin embargo, la noticia no debe ser que The World to Come es un filme sobre un amor lésbico, la noticia pudiera haber sido que The World to Come es un filme estupendo, con un al alto nivel de realización, cuya trama gira en torno al amor que surge entre dos personas que buscan la felicidad fuera de sus respectivos matrimonios. Lo otro es marketing, oportunismo y frivolidad.
Escoger a Mona Fastvold, para dirigir el filme, por su condición de mujer, buscando con ello garantía o respaldo a un discurso de género equitativo o funcional, forma parte de las tretas sobre las que se construye este aburrido drama de época, cuya narradora comienza leyendo su diario un martes 1ro de enero de 1856, poco antes de que llegara el diablo colorado a ponerle la cabeza mala.
