(A un año de la desaparición física de El Dany)

Una muy estimada periodista, conmovida por la prematura muerte de Daniel Muñoz Borrego, integrante del dúo Yomil y El Dany, expresaba en un apasionado post en Facebook que, no haberlos escuchado nunca nos convertía en ignorantes. En su efusivo texto afirmaba: “Decir que no nos gusta el género o el subgénero en el cual se inscriben Yomil y El Dany denota incluso mayor ignorancia.” Ese era mi caso. O casi.
Me quedé estupefacta. No porque me sintiera ofendida o nada semejante, sino porque ella y otros jóvenes cuyos criterios sobre diversos temas he compartido muchas veces, me estaban demostrando, con su defensa de Yomil y El Dany, que un fenómeno tan mal mirado desde las atalayas de la cultura nacional, podía hacer tambalearse, llegado el caso, tanto la cultura como la nación. Ella aseveraba que: “Desconocer a Yomil y El Dany es desconocer cómo funcionan sus millones de seguidores, en su mayoría jóvenes; cómo se comunican y relacionan.”
Siempre he pensado que el reguetón es un grito desesperado de la juventud, una válvula de escape, un cóctel de rabia, enajenación, alegría y esperanzas, todo junto. Es una de las formas en que la sociedad cubana actual comunica sus experiencias cotidianas. No me refiero, por supuesto, al cubatón, una variante, quizás más noble, o más light, que fusiona reguetón con otros ritmos tradicionales en el país, y cuyo máximo exponente es Gente de zona; grupo que no solo prestigia la música cubana a nivel nacional e internacional, sino que ha puesto bien alto el listón de la música urbana con sus producciones de incuestionable calidad.
En otro momento del post la periodista alegaba: “Quien no sepa de dónde provienen las expresiones “jala jala”, “cogiendo el último y pa’trá”, “asere cómo te descargo”, “rikaperry”, “la fanaticada”, “yo lo sé, que ahora estoy en mi momento”, “normalmente, niña”, no puede entender una parte fundamental de Cuba porque no conoce su lenguaje y sus símbolos.”
Es probable que los reguetoneros sean autores de algunas frases que popularizan en sus canciones, pero, no quieran meterme el chupa chupa en la boca: también es casi seguro que sus textos se nutren del contenido oral que circula por todos los barrios habaneros, periféricos o no.
Días antes del lamentable deceso, las redes sociales se habían caldeado con el premio ‘Compositor del Año’, entregado por la Sociedad Estadounidense de Compositores, Autores y Editores (ASCAP) al reguetonero boricua Bad Bunny. Ese fue el pretexto que me incitó a ver quién era este personaje que provocaba ácidas expresiones y descalificadoras protestas de sus detractores, que no son puros haters.

A partir del controvertido premio otorgado a Bad Bunny, y en mis intentos de alfabetización reguetoniana, seguí la pista a René (Residente) de quien soy fan, y he descubierto y gozado con ‛Bellacoso’; he aplaudido la denuncia contenida en ‛Afilando los cuchillos’. Llegué hasta ‛Yo perreo sola’, que reavivó en mí intensos deseos de perrear, movimiento pélvico interesante que ya practicaba como calistenia diaria en la ducha. Otras composiciones del Conejo Malo aplaudidas por sus fans me resultaron indiferentes. Entiendo y me solidarizo con el insulto que mucha gente expresa al hablar de él, como compositor. Pero eso no me saca los pines.
Para el mí el reguetón no es ni bueno ni malo, sino todo lo contrario. Es decir, depende. A veces la frase: Territorio libre de reguetón, me hace sentir aliviada. Es un lema usado entre la élite culterana, como contraseña de que se puede estar en el lugar con confianza, la chabacanería no irrumpirá allí. El repudio al reguetón no es un fenómeno exclusivo -tal vez de la mayor parte- de la intelectualidad cubana. He escuchado a famoso humoristas y otras personalidades de España, por ejemplo, condenar y hablar con ironía sobre esa manera de usar la música. Para mí solo hay dos cosas peores que el reguetón: los corridos mexicanos y la música campesina. Lo sé, podrían lincharme por decir eso, pero a juzgar por la velocidad y variabilidad que la pandemia de la Covid-19 ha puesto en sucesos mucho más importantes y globales, pronto lo olvidarán.
Sin embargo, me fascina escuchar a Rocío Durcal cantando cualquier ranchera. Tampoco me disgusta escuchar un ratico una controversia guajira bien montada. Del mismo modo recuerdo que me gustaba la magnífica voz de Elvis Manuel, que mi hijo escuchaba cuando era niño, y canciones de gente que no identifico porque en su mayoría las oigo en la calle, en la guagua, en un centro recreativo, o en cualquier otro lugar público. Que yo en mi casa no escucho reguetón, está escrito en la biblia. Y que el reguetón está en todas partes, también.
A follankele, no es obligado, es si tu quiere.
No estoy muy segura de que, si entendemos el reguetón, si lo aceptamos y pactamos con él, podamos comprender ciertos fenómenos que acontecen en la cultura y la sociedad cubana actual. Opino que es al revés, que el reguetón no está reflejando sino clonando la realidad y/o los sueños y elucubraciones mentales de una buena parte de la juventud cubana.
Digamos que tengo mi versión personal de por qué los jóvenes y otros grupos sociales se identifican con el reguetón, pero puedo estar errada. Y si de escuchar y ver videos de reguetón depende alcanzar esa verdad nirvánica escondida en esa forma musical persistente, si allí reposa la esencia de lo que es ser cubano o cubana a día de hoy, temo quedarme desnacionalizada, porque no concibo la vida como sacrificio. Y para mí es un martirologio escuchar reguetón (al menos cierto tipo de reguetón) fuera del sagrado templo que son las discotecas. Para una bailadora como yo el reguetón no es frontera, sino desafío, provocación y reto; pero la pista es el único espacio de placer y entendimiento entre lo más heavy de ese género y yo.
El periodismo oficialista se ha caracterizado por abrirle fuego intenso al reguetón, que ha hecho oídos sordos y sigue su mecánica a contrapelo como si no hubiera un mañana. En mi criterio, hay composiciones buenas, regulares y malas, como en cualquier otro género musical. No obstante, a primera vista pareciera que el reguetón hecho en Cuba ha tenido que conformarse con ser el pariente pobre. Sin el apoyo de una poderosa industria musical autóctona, y con una visión reduccionista de lo que en términos de prestigio pueda significar esta música dentro de la cultura cubana, hay que aplaudir lo que han logrado hasta aquí estos muchachos. En 2017 los Premio Billboard de la Música Latina incluyeron entre sus nominados a los dúos Yomil y el Dany y Gente de Zona, junto a otros cubanos que desarrollan su carrera allende los mares como Osmani García y Pitbull.
Tanto Yomil y El Dany, como Bad Bunny se decantan por un subgénero del reguetón, que llaman trap. Al parecer más vinculado con el rap y el hip hop del sur de Estados Unidos. De hecho «trap» es en argot estadounidense la acción de narcotraficar o el lugar en las ciudades donde se realiza; que en un intento por darle un acento más local los cubanos llamaron Trapton, sugiriendo la fusión entre reguetón y trap.
El segundo pretexto para acercarme al reguetón, amordazando mis prejuicios, fue la muerte de El Dany, no tanto por el dolor de la pérdida de alguien a quien casi desconocía hasta ese momento, como por la profunda emoción que me produjo ver en YouTube montones de jóvenes entristecidos, cantando, haciendo vigilia; rindiendo espontáneo homenaje a quien logró sembrar admiración y alegría en sus corazones. Sin contar que él tenía la misma edad de mi hijo y que se crío en el mismo barrio, por así decir.
Pero para ser sincera, mientras más miraba los videos del tándem cubano, menos me gustaban y más me entristecía. Para decirlo rápido y con dolor, me parece le falta producción a nivel de imagen, originalidad, creatividad, aura, fantasía, impacto y hasta morbo. Está claro que su juventud ayuda a que enganchen al público, y no carecen de la gracia natural y el talento necesario para clasificar en el estándar del género; no obstante, en mi opinión, ellos solo estaban empezando a coger la cola. Pero sin dudas habían marcado en la cola correcta.
Métele sazón, batería y reguetón, que lo demás lo pone Calderón.
¿Por qué triunfa el reguetón entre los jóvenes? En primer lugar, porque se asume como un fenómeno identitario. Viene de afuera, pero al propio tiempo es el resultado de mezclas caribeñas a las que también es posible yuxtaponer la propia música cubana.
Según el Sociólogo, etnomusicólogo, periodista y DJ mexicano, Bruno Batra, la base del reggaetón es una variante del tresillo, figura elemental del ritmo conocido como habanera; presente, a su vez, en la contradanza. https://www.letraslibres.com/mexico/cultura/el-poco-discreto-encanto-del-reggaeton. O sea, que, el reguetón una vez parido, ha sido amamantado por el mismo seno que la contradanza, el danzón, el chachachá, el mambo y la salsa.
Se ha dicho que el reguetón involucra en su génesis al hip hop y al rap newyorkino. Por lo tanto, su origen, además de multicausal, es marginal, aunque su consumo desborda esos límites. Con una entrada principal en Puerto Rico con Don Omar, Tego Calderón y Calle 13, el protagonismo del reguetón en sus diferentes modulaciones, es tan grande que arrastra a artistas de otros géneros como el mismo Justin Bieber, Madonna, Beyoncé, Jenifer López, Shakira, Enrique Iglesias, Juanes o Paulina Rubio. Si en Puerto Rico una clase media aliada al gobierno intentó descaracterizar en principio a los pioneros del género, asociándolos con la marginalidad, su actitud ha cambiado a raíz de su impacto en la industria disquera. Hoy por hoy es el más importante producto de exportación musical puertorriqueño.
“Jamaica, Panamá y Puerto Rico; las raíces del reggaeton se hunden en el Caribe. Este género es producto de las migraciones y diásporas vividas en la región, desde los jamaicanos que viajaron a Panamá hasta los puertorriqueños que emigraron a Nueva York en búsqueda de una vida mejor. Heredó las connotaciones políticas del reggae y del hip hop y se reinventó con un sonido caribeño donde resuenan el legado afro y el latino que se mezclan en la región. Además, se erigió como una identidad musical común entre las clases bajas de los países bañados por las aguas calientes del Atlántico.” https://elordenmundial.com/reggaeton-historia-perreo-transnacional/
Los cultivadores del reguetón se alimentan de patrones de comportamiento que observan en la realidad, y que llevan al plano de la creación sin mucho trasvase tropológico. Como existe tan poca distancia entre la vida cotidiana y la música que hacen, no hay que esforzarse para entrar en sintonía con ella. Al mismo tiempo muchas letras, en el caso de Cuba, expresan la inventiva natural criolla de toda la vida.
El reguetón se convierte así en un grito que pareciendo sádico es a lo sumo, masoquista. Con frecuencia oculta dolor, frustración, desesperanza, rabia. Maquilla un desafortunado estado anímico; es una droga que confunde histeria con euforia. El triunfador es quien tiene dinero, y el dinero es poder, y el dinero es escape de la realidad. En esa ilusión de banalidad productiva se sumerge toda la tristeza de la vida real. Por eso sus ritmos y sus letras parecen producir una especie de narcótica efervescencia.
…el que hizo la trampa también hizo la ley…

Los videos del dúo cubano, a pesar de no caer en las peores groserías, pecan de pobreza imaginativa, es el caso de ‛Amanece’, que recrea atmósferas y situaciones harto explotadas en estos predios. Lo peor es que las mujeres vuelven a hacer papel de muñeconas de relleno, sin una pizca de autoridad, sin un mínimo de iniciativa; suma de rostros y cuerpos insípidos que acompaña como trofeo o recompensa al macho triunfante.
A esto hay que añadir una de las grandes paradojas que genera el avance del reguetón hoy, y es la presencia preferida de mujeres blancas en sus coreografías. Siendo una música con un fuerte componente afro, se echa de menos el natural mestizaje, la presumible negritud corpográfica que se soslaya casi continuamente. La mujer blanca como símbolo de progreso y triunfo, hace parte del imaginario tóxico que rodea, con frecuencia, el consumo de esta música. Ello se reafirma en ‛Amanece’, cuyo, resultado visual queda muy por debajo de lo que la pieza musical pudiera sugerir.
En cambio, lo menos afortunado de ‛Qué daño fue quererte’, no es su visualidad en términos de fotografía y dirección de arte, sino la idea que de manera bien subrepticia le vende al espectador. El video cuenta el fatal desenlace de dos atracadores de joyería que son apresados y encarcelados. La historia ha sido hilvanada con tal minuciosidad que alcanza un cierre estratégico cuando nos damos cuenta de que han sido traicionados por una mujer, nada más y nada menos que la jueza. El video retoma el viejo estereotipo que clasifica a las mujeres en buenas o malas, madres o amantes, fieles o traidoras. Estos muchachos no han obrado mal, salvo que uno de ellos escogió a la dama equivocada. Por lo que el acto delictivo pasa a ser fondo irrelevante. Y para demostrar que ella es mala cantidad, y que no se limitó a prestarse para que atraparan a los ladrones, la vemos luciendo el anillo proveniente del atraco, que su tonto enamorado le regaló aquel aciago día, poco antes de que lo detuvieran.

El concepto básico de lo que muestra ‛Qué daño fue quererte’, la riqueza material como umbral hacia los placeres, se dice sin cortapisas en Hasta Que Dios Diga: ‛Te compré un babydoll Gucci, pa que te lo pongas con los tacones Prada’ (Anuel AA, Bad Bunny).
Otro aspecto que hace del reguetón un estigma es que es, como ya dije, es una música de simiente negra, en el sentido que se produce y se consume en principio, desde un universo que recuerda con claridad el hip hop nation cosechado en el vientre de una afroamericanidad indiscutible. Una mentalidad clase media en Cuba, y otros estratos similares han hecho hincapié en tal condición para relegar al escaño de seudocultura, el gusto por esa música.
El rechazo que se expresa de manera más o menos oficial hacia el reguetón, mirado desde la náusea de quienes alimentan o se alimentan de la llamada alta cultura, convierte al reguetón, sin autoconciencia de ello, en un arma de permanente ofensa, ataque, disentimiento, subversión y resistencia cultural. Cuántas insatisfacciones, sueños frustrados, miedos y mordazas se disimulan en el lenguaje (des)enfadado del reguetón, que a fuerza de parecer simple es sumamente críptico. Cuando dicen (Yomil y el Dany ft. Micha) en ‛Pa’ trá’: Lo que se sabe no se pregunta/Yunta/El diablo los cría y el pueblo los junta. O, en la misma canción: Yo los vo’a matar con flow más feka/Giras, prendas, casa, plata ¿De qué estamos hablando?
El reguetón en Cuba ha sobrevivido al rap, su hermano de sangre, y goza de mejor salud, quizás porque se intenta refuncionalizarlo como una herramienta de despolitización. El rap se alimenta de la crítica social, el reguetón va a la my love, a la gozadera y al descontrol hormonal, a lo más básico del instinto humano. Por eso es tan peligroso. El fenómeno de la digitalización global de la música, también ayuda a que el gusto por el género se recicle y se fortalezca, en medio de un mundo cada vez más caótico y brutal. Todos los pronósticos indican que habrá reguetón para rato.

No obstante, con el fallecimiento de El Dany, el destino quiso desmentir una frase contenida en un video musical de los traptoneros, que alcanzó más de 5 millones de visualizaciones en YouTube: Lo de nosotro no es pa un rato, lo de nosotro es pa largo… La última presentación de Yomil y El dany fuera de Cuba fue por casualidad en Toronto, ciudad en la que me sorprendió la pandemia que me ha obligado a usar mascarilla y mantener distancia física. Además de ser una metrópolis multicultural, durante el verano (me cuentan) hay aquí infinidad de festivales de música del mundo entero que toman literalmente las calles; este año suspendidos todos, por causas obvias.
Entonces, me tocó joderme en esta aburrida urbe con alma de cartón. Después que recorriste sus parques, sus bosques, la parte del lago Ontario que le toca; después que le echaste maní a las ardillas, te hiciste una selfie con un mapache y huiste de una mofeta; después que tuviste sexo y locura azul y todo lo permisible bajo el arco bíblico de la pandemia, lo que te queda es aburrirte, lo que sobrevive es la sordera por ausencia de música. Puedes soltar la zuela de los zapatos recorriendo el downtown, entrar en sus Malls, shoppers, cafeterías, bares, kioscos, o atravesar sus plazas y sus infinitos puentes, y no escucharás más que el mutismo de una ciudad que respira ruidos, pero no canciones. Toronto es un salvaje niquelado que escupe rascacielos. Tenlo por seguro, mi nostalgia por La Habana sería menos intensa, si Toronto no fuera Territorio libre de reguetón.
