Ante todo, le digo: en mucho tiempo usted no volverá a encontrar una película tan inteligente como esta. Todos los clichés en torno al cine de secretarias-empresa-ejecutivos se le vendrán abajo, cualesquiera que sean. Estará los primeros diez minutos esperando que suceda algo impactante; ese primer giro dramático; el primer nudo argumental; la primera intriga, el primer corre-que-te-cojo. Por gusto. No va a llegar. Tal vez su siquis, acostumbrada a las piruetas epilépticas del cine comercial, tenga que acomodarse a las acciones y los tiempos de La asistente (The Assistant, USA, 2019). Si quiere presumir en los días subsiguientes de que ha visto cine de calidad, tendrá que aguantarse y ceder ante la ópera prima de la australiana Kitty Green.
La cinta, con guion de su directora, cuenta una jornada de trabajo de Jane, asistente de un funcionario corporativo en una productora de cine. El tema expuesto recorre el sinuoso arco del abuso de poder y quedaría ahí, sino fuera por las variantes misóginas que adopta y que dan un matiz adicional a los excesos de ese poder.

Muchos de los que comenzamos nuestra vida profesional inmediatamente después de terminar los estudios universitarios, tenemos anécdotas de algún jefe o directivo un tanto rudo o extremista. Alguna novatada nos cobró el debut laboral mientras nos adaptábamos a los (a veces) misteriosos eslabones jerárquicos dentro de una empresa equis. Pero de ahí a soportar en nuestro puesto de trabajo una sistemática manipulación y sometimiento, despotismo, exigencias desmedidas, insultos, ofensas y humillaciones, va un trecho más que alevoso.
Ser la primera en llegar a la oficina, la última en irse; trabajar con entera disposición aun los fines de semana; estar dispuesta a responder incluso por los problemas extralaborales del jefe son, entre otras, las tareas que debe cumplir Jane, una joven neoyorquina, recién graduada de altos estudios. Quizás por ética personal o por un sentimiento de inocente lealtad a la empresa, la muchacha considera su deber denunciar que su jefe se comporta como un depredador sexual. Pero se trata de un secreto a voces, y nadie se molesta en tomar la cosa en serio.

Este jefe intimidante y agresivo, al que nunca vemos en pantalla, es el clásico descarado de toda la vida. Por eso la realizadora evita ponerle un rostro, cada cual según se identifique con la historia le pondrá el semblante que merece. No obstante, el que sí da la cara es el conciliador, el sujeto que sabiendo lo que ocurre, lo apaña por solidaridad, por empatía, por hipócrita condescendencia. La espectacular interpretación de Matthew Macfadyen, coloca la naturaleza del tema en el justo sentimiento que convoca: asco total. Este mismo actante, con ropaje de mujer, aparece bajo la fachada de una rectora universitaria, en cuyos predios constantemente ocurren violaciones de jovencitas (A promising Young woman, 2020). En este filme de Emerald Fennell, la actriz Connie Britton representa una pulcra académica que, embebida en sus poderes institucionales, no está dispuesta a poner en riesgo sus prebendas. Denunciar crímenes machistas ante una sociedad basada en una moral falocéntrica, es una batalla que no todo el mundo está dispuesto a emprender antorcha en mano. Jane tampoco.
Y es aquí donde la película se convierte en un documento extraordinario. Kitty Green deja al público la durísima tarea de juzgar a Jane. Pero si impresionante ha sido su tratamiento detallístico y entomológico de esta sencilla y a la vez macabra historia, no menos laudable ha sido la actuación de Julia Garner. Se le recuerda triunfante como la Ruth de Ozark; aunque en verdad ya la habíamos visto en Dirty John (USA, 2018) donde apenas rebasa el modelo de chica rubia de clase alta, con sus correspondientes tics faciales.

Aquí Julia Garner se desmarca de sus personajes anteriores. Me deslumbra su Jane que rebosa mesura, contención y habilidad expresiva. Añádase un excelente diseño de personaje, donde peluquería y vestuario definen sus atributos físicos en función de la naturaleza sicológica de una secretaria inusual. No sabremos jamás qué pasa por la cabeza de esta mujer. Es más, no tenemos ningún derecho a saberlo. Las decisiones que toma a lo largo del filme son tan legítimas y reales como los miles de escenarios de todo el mundo, en los que ahora mismo una Jane se debate entre denunciar o seguir luchando por sus sueños.
Recomiendo estar atentos a Kitty Green, cuya obra como documentalista incluye Ukraine Is Not a Brothel (2013) y Quién es JonBenét (2017), obras en las que ya venía privilegiando los temas sobre la mujer.


