Por un final inolvidable

Hace poco la televisión cubana anunció Babel (Alejandro González Iñárritu, 2006) y me dispuse a verla de nuevo, pensando en lo mucho que me gustó en su momento. Cuál no sería mi sorpresa al constatar que la película se me desmoronaba escena tras escena. Vegetando el mi cómodo sofá, solo la pereza me impidió desapoltronarme, apagar el aparato e irme a dormir. Los diálogos me parecían de lágrimas; da igual quien hablara o de lo que se hablara; cada bocadillo sonaba peor que el anterior. Las situaciones y sus raras conexiones me parecían aún más absurdas. Todavía no entiendo cómo si los chicos marroquíes disparan al autobús desde un ángulo casi frontal, el tiró entra por la ventanilla lateral; confieso que ya lo había notado la primera vez. Hace catorce años estuve dispuesta a ignorarlo, ahora no. ¿Por qué esa señora indocumentada cruza la frontera con esos niños?, ay, por Dios; ¿por qué Brad Pitt no para de decir que se arrepiente de haberse ido, de haberse alejado, de haber abandonado el hogar, en lugar de montar a la mujer en la guagua y llevarla a un centro hospitalario? ¿Por qué, para salvar un matrimonio en crisis, ha invitado a su esposa al lugar más árido e inhóspito de la Tierra, donde las aprensiones higiénicas de Susan (Cate Blanchett) llegan al apogeo? La sordomuda japonesa: ¿a qué viene esa calentura? ¿Cuál es su problema? Total, que me reí mucho, porque no hay mejor venganza contra un filme que traiciona nuestras expectativas que dar chucho y cazar o inventarle gazapos, para seguir burlándonos.

Con Another round (Thomas Vinterberg, 2020) nunca me va a pasar eso. Porque no pienso verla por segunda vez, excepto la última escena. Eso es harina de otro costal. Babel está hecha de facilismo y banalidad engatusante. Con un núcleo conceptual extremadamente pobre (el azar como fuente de desaguisados), pretender pasar por el gran discurso original y multiculturalista. Pero Another round es un filme sincero y tajante, que va diciendo: Somos unos borrachos de m…, es lo que hay. Mírate en este espejo y si te sirve el sayo, póntelo y a gozar.

Martín es un mediocre profesor de historia, despreciado por sus alumnos, ignorado por su esposa, irrelevante para sus hijos. Lleva una existencia pálida, aburrida, y Mads Mikkelsen impresiona, como siempre, en su bestial caracterización de este señor tonto y apocado.  Podré decir que la película restriega su falaz ambigüedad de punta a cabo, en la cara de un espectador que espera una moraleja ya conocida. Podré decir que Vinterberg se peina y se hace papelillos al mismo tiempo, porque le da la gana; porque le da igual. Pero para Mikkelsen solo tengo alabanzas. Con este galán de día y de noche, hay que morirse.  ¡Qué clase de actorazo!

Por cierto, si Another round no estuviera protagonizada por él, sino por alguien con el uno por ciento menos de su talento y su atractivo, dudo mucho de que yo hubiera aguantado ni media hora de proyección. En el minuto 30, más o menos, se plantea el experimento en el que Martín junto a tres colegas, profesores todos de un instituto en Dinamarca, deciden probar la hipótesis de que es bueno sostener cierto grado de alcohol en sangre para lograr un aumento en el desempeño social y profesional.

Druk (Another Round) Tomas Vinterberg
Another Round

El challenge no me toma por sorpresa. El historial de Vinterberg, cofundador del colectivo Dogma 95, avala cualquier chifladura de ese tipo. Y lo digo con total complicidad: adoro lo que Dogma fue, y lo que ha dejado como rastro de atrevimiento y desafío temático, estilístico, conceptual, etc., y su enorme influencia en muchos títulos del cine contemporáneo. 

Cuando terminé de ver el filme (con guion de Tobias Lindholm y del propio Thomas Vinterberg), me pregunté por qué me parecía tan contradictorio. En apariencias, la intención era mostrar el delicado conflicto que enfrenta la sociedad danesa con respecto al consumo incontrolado de alcohol, incluso en la adolescencia. Asimismo, el director no pretende sermonear, pero sí ridiculiza a los insensatos bebedores, y llega a poner en solfa la desarticulación familiar producida por un hábito fuera de control. Sin embargo, lo que ocurre en la escena final, es toda una pachanga, una celebración -como ha admitido el realizador-, y aquí es donde su drama personal se cruza con la premisa del filme.   

Apenas comenzaba el rodaje de la cinta cuando Ida, la hija de Vinterberg, fallece en un accidente. Ella estaba muy involucrada con la aventura fílmica de su padre, pues no solo iba a interpretar a la hija de Mikkelsen, sino que sus compañeros del instituto también formarían parte del elenco. Su prematura muerte le planteó un difícil reto al cineasta danés, quien encontró en la continuación del proyecto el mejor modo de rendirle homenaje.

Es ahí donde se produce el cambio de perspectiva. Ya el filme no se limita al tratamiento irónico de un problema con raíces culturales en aquel territorio nórdico. En un gesto de último momento, se desvía hacia el llamado studentekørsel, un festejo tradicional, relacionado con la graduación de los jóvenes que terminan el instituto en junio: los estudiantes se reúnen, alquilan una furgoneta y se van de juerga durante una semana. Hacen un tour por las casas de los amigos con el fin de abastecerse de comida y alcohol.  Con el pretexto de reflejar esta costumbre, Vinterberg propone como colofón, todo un clip musical, especie de metáfora donde se canta a la dicha de estar vivos y de hacer ostensible esa dicha, por encima de cualquier otro postulado lógico. Es decir, el fin justifica los medios. 

Pisoteando recientes informes de la Organización Mundial de la Salud sobre el flagelo del alcoholismo en Dinamarca, entre adolescentes de ambos sexos, Vinterberg construye un relato en el que se pondera beber vino, cerveza o lo que sea, como si no hubiera un mañana, y sin importar la edad. No obstante, el realizador propone hacer de juez y parte, mostrar la ineficacia de una teoría pseudocientífica, llevar a sus personajes a la representación del ridículo beodo, mofarse de sus descalabros etílicos y al propio tiempo transmitir la eufórica alegría de aquellos jóvenes que tanto al inicio como al final del filme, coronan su felicidad con el consumo desaforado de una botella de cerveza tras otra. Por si fuera poco, Martín, que está en apuros matrimoniales a causa de sus borracheras, se toma (además de los tragos correspondientes) la libertad de festejar ya no se sabe qué, al frente del aquelarre juvenil.

De todas formas, no hay que dejarse embaucar. Una película que enuncia todo el tiempo la trampa que supone dejar que el alcohol gobierne nuestra voluntad, no puede terminar como termina Another round. Vinterberg lo sabe. Pero a estas alturas recuerda que ya Ida no estará más, que nadie se muere la víspera, que la vida puede tornarse aburrida y tal vez esa sensación se desvanezca cuando vamos pasados de tragos.  Y a él, hombre Dogma, las moralinas le tienen sin cuidado. Por lo tanto, le dice a Mikkelsen: Vaya montando su coreografía, descuélguese de una viga, párese de cabeza, súbase a la furgoneta, salte sobre el banco y tírese por la borda borracho como una uva. La música y la bebida van por mí. Usted y yo vamos a enseñarle al mundo lo que es un final inolvidable.         

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