Ilustración de artículo

De madrugada, por esas calles, ‛Lo tuyo y tú’

Si a usted le gustan las bebidas alcohólicas, ¿aceptaría que su pareja controle cuántas copas se puede tomar al día? ¿Dejaría usted, por ejemplo, de fumar, para salvar su matrimonio? ¿Cuántos juramentos y promesas legitiman una relación?

Young-Soo, un joven pintor, se siente traicionado por su novia Min-Jung cuando un amigo le cuenta que ella se fue de copas con otro. Entre la versión del amigo y la negativa de ella, él opta por acusarla y ello hace eclosionar el principal conflicto de la pareja.

Para un filme como Lo tuyo y tú (Corea del sur, 2016) hay muchas interpretaciones posibles. Habrá quien piense que lo que se cuestiona es la fidelidad en el amor. Al propio tiempo parecería que la cinta se enfoca en dirimir si Min-Jung es una falsa o si Young-Soo es un machista. Por lo tanto, habrá que repasar tanto las acciones como los diálogos para encontrar la afirmación o la negación de tales presupuestos. Pero como es una película muy pilla, ni facilita ni banaliza una conclusión, sino que pone a prueba lo que cada quien ve frente al vaso: o le falta agua o está medio lleno.

Con frecuencia la llamada intriga de predestinación -código narrativo instrumentado por el teórico francés Roland Barthes-, puede ayudar a   orientarnos en cuanto a las intenciones de una obra cinematográfica y establecer una hipótesis válida, de una forma bastante certera.  Dicho código consiste en captar, en los primeros minutos del filme, lo esencial de la intriga y su resolución, o al menos una señal aproximada de ello. El problema es que no siempre esta condición se ofrece explícitamente; a veces, solo de manera alusiva. De hecho, Lo tuyo y tú, simula ser una obra sencilla, sin devaneos formales, ni densidad discursiva. Es una historia que fluye con inusual transparencia. Sin embargo, su intriga de predestinación está implícita en la primera secuencia del filme.

Un hombre joven (el amigo de Young-Soo) en bermudas, pulóver y chancletas (vestuario informal, digamos poco serio), camina por la calle. Se detiene y toca a una puerta. Corte y ya dentro de la casa conversa con el pintor.

Esta escena ofrece multitud de detalles en todos los sentidos, no solo en la ambientación, donde se revela la inclinación profesional de Young-Soo. El encuadre sesgado ofrece el perfil de ambos personajes que están sentados, uno frente a otro, en sendas banquetas sin respaldo. La de Young-Soo es más alta, lo que lo obliga a inclinarse, de vez en cuando, hacia su interlocutor, para descansar la posición. Por el diálogo nos enteramos de que él está preocupado por la delicada salud de su madre.

Casi sin venir al caso, el amigo introduce el tema de la novia de Young-Soo. Por lo que le dice de ella, nos damos cuenta de que es un tipo entrometido, envidioso y chismoso. La reacción de Young-Soo nos demuestra que, a pesar de oponerse, en realidad está dudando de su novia, a partir de lo que le cuenta el chanchullero. Por lo tanto, la intriga de predestinación (implícita en este caso) nos está diciendo que habrá una discordia entre Min-Jung y Young-Soo; pero al propio tiempo nos advierte, a través de claves mucho más sutiles quién es el verdadero traidor.  

En Lo tuyo y tú, se interrumpe -con eficacia- varias veces la línea fundamental de la historia para introducir pensamientos o alucinaciones del protagonista; y al ser representadas en pantalla, nos hace pensar, por un momento que son situaciones reales. ¿Cuál es el objetivo del director al jugar así con la percepción del espectador? ¿Se trata de un efecto estilístico? ¿hojarasca poética? ¿extrañamiento? ¿recurso lingüístico para provocar empatía del público hacia el enamorado? Sin dudas el final ofrece la respuesta.

En Lo tuyo y tú no siempre se marca con claridad la transición de una secuencia a otra, dado que la única puntuación que se utiliza es el corte directo; excepto en la escena final, donde ocurren dos cosas por primera vez en todo el filme: la cámara hace un paneo que deja fuera de campo a los personajes que dialogan, y se concentra en una vela encendida. Poco después se produce una elipsis anunciada por lo que comentan los personajes: hay un fundido encadenado sobre la vela que ahora reaparece gastada. Lo que sucede a continuación hace parte de la manipulación del dispositivo cinematográfico para mantener al espectador en vilo.

Ciertamente el estatismo de la cámara apoya la inflexibilidad, primero del protagonista y luego del resto de los personajes que, en general, mantienen un criterio rígido y estereotipado. Pero también transmite la calma necesaria para asimilar y valorar la información que nos llega a través de los parlamentos, porque casi no podemos confiar en nada de lo que la mayoría de aquella gente dice. Tome nota de la insistencia de varios amigos de Young-Soo en que Min-Jung es bebedora, problemática y liberal; pero también tenga en cuenta que ella niega ser Min-Jung casi todo el tiempo. Fíjese asimismo en que hay montones de libros junto a la cama personal de Young-Soo; que él aparece con el pie izquierdo enyesado, pero no se explica por qué. Y que hasta la pareja cambia de lugar en la cama llegado el momento. Cada detalle, por minúsculo que parezca, revela y explica un aspecto adicional de la situación dramática.

No hay intención de tratamiento expresivo de la luz ni del color, más bien se trata de aparentar un registro espontáneo, y adaptado a los requerimientos del relato. A una narración cristalina y lineal le acompaña una fotografía discreta y con igual transparencia expresiva. La iluminación carece de efectismos y manifiesta la tendencia a una clave de luz “natural” tanto en exteriores como en interiores.

La mayor parte de los encuadres prefiere el escorzo, buscando el perfil de los personajes y la profundidad de campo. Sin embargo, al final, la cámara opta por un encuadre frontal con respecto a la referencia arquitectónica que muestra el exterior de un restaurante de pescados. Hay mucha estabilidad en la composición allí, donde se marcan fuertes líneas verticales, sobre las que descansa una cinta horizontal de luminarias fluorescentes, que proyecta una luz suave sobre los enamorados.

En esa dualidad clasificatoria que denomina drama-comedia a aquellas películas donde se cruzan ambos géneros, se ubica Lo tuyo y tú, con guion y dirección de Hong Sang-soo. Este realizador nacido en Seúl tiene una filmografía que rebasa los veinte títulos y en 2016 obtuvo la Concha de Plata al mejor director en Festival de San Sebastián, con la cinta que comentamos. Puesto al lado de Ha Yoo, director de esa joya invaluable que es La flor congelada (2008), la película de Sang-soo, me reafirma que los directores surcoreanos saben hablar de amor desde el cuestionamiento de los estereotipos culturales.

El reparto lo encabezan Lee You-young, como Min-Jung, y Kim Joo-hyuk como Young-Soo.  Este último, en medio de una soberana borrachera planta un mitin de repudio contra la partida de chismosos que quiere apartarlo de Min-Jung, y pronuncia la más hermosa sentencia de un enamorado: Solo el amor verdadero vale la pena. Raro -y recomendable- escuchar esta idea romántica, en boca de un personaje masculino; ya era hora de que la chica fuera quien guste de empinar el codo, y que pueda hacerlo sin tener que dar ni aguantar una bronca en plena madrugada.  

Publicado originalmente en Cartelera

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